Carlos Caso-RosendiY cuando los mil años hayan pasado, Satanás será soltado de su prisión—Apocalipsis 20, 7
Corría el año 312 d.C. y Constantino el Grande acababa de derrotar a Magencio, asegurando así el control del Imperio de Occidente. La noche anterior a la batalla una extraña visión le había avisado que ganaría si luchaba bajo el signo de la Cruz. Así lo hizo y ganó. Con el tiempo, Constantino mudó la capital imperial a Constantinopla (ahora Estambul.) El cambio impulsó a algunos patriarcas orientales a sugerir que el asiento del Pontífice Romano fuera trasladado a la nueva capital del Imperio. Los romanos, y las iglesias de Occidente, no quisieron saber nada con eso. La disputa continuó hasta 1054 d.C. cuando los obispos de Roma y Constantinopla se excomunicaron uno a otro. De aquella forma comenzó el Cisma de Oriente. Los primeros mil años del reinado de Cristo llegaban a su fin y Satanás fue soltado de su prisión.
Con el tiempo las Iglesias del Este conocerían amos mucho más opresivos que el lejano Pontífice Romano. Las hordas de bárbaros asolaron el Imperio de Oriente por siglos, Constantinopla cayó finalmente en manos de los musulmanes en 1492, con eso vino el dominio de los sultanes, de los otomanos y finalmente, el de los comunistas soviéticos. La tiranía siempre hace presa de los desobedientes.
Antes y después de la caída del Imperio de Oriente, las clases altas de esa sociedad comenzaron a mudarse a occidente, escapando de las consecuencias de sus propias ideas y acciones. Trajeron con ellos la misma clase de actitud intelectual y el espíritu que ya había causado el cisma de 1054. No mucho después de la caída de Constantinopla, la Reforma Alemana, un nuevo y perverso cisma, apareció en Occidente.
La Reforma fue uno de los muchos asaltos perpetrados contra el viejo orden de las edades. Los reformadores alemanes abrieron las puertas a la Revolución Francesa, precursora del comunismo. Bonaparte, Weimar, Lenin, Hitler... aparecieron luego en rápida sucesión, todos ellos de acuerdo en una sola cosa: el odio por los ideales cristianos.
La Segunda Guerra Mundial terminó con las aspiraciones del fascismo, la Guerra Fria frenó la expansión del comunismo soviético, pero no sin que antes se infectara con sus ideas a nuestra juventud y a nuestros intelectuales. El año de 1968 fue el principio de muchas décadas de inestabilidad social. Los transgresores habían llegado a nuestras costas. Ese fue el año en el que el Partido Demócrata americano abandonó la representación del sector laboral en el diálogo—perpetuo desde los tiempos de Jackson—entre el capital y el trabajo. Los éxitos del Movimiento por los Derechos Civiles inspiraron a los partidarios demócratas a buscar nuevas causas y lemas en esfuerzo constante para imponer la "igualdad absoluta en todo." Los dogmas que emergen de semejante desviación han terminado afectando aún a aquellos a la derecha del espectro político. El cuerpo de Occidente sufre de una extraña fiebre, resultado de una epidemia que comenzó a moverse de este a oeste hace más de mil años.
Como frecuentemente ocurre con las enfermedades comunes, la fiebre es solamente un síntoma, una señal de que el cuerpo enfermo está quemando energía y generando anticuerpos para expulsar a sus invasores. Cuando la enfermedad gana la batalla, el resultado es la muerte del cuerpo. Pero cuando el cuerpo gana, se fortalece aún más y los anticuerpos previenen que la misma enfermedad ocurra de nuevo.
Todas las analogías son imperfectas y ésta tambien lo es. En realidad, la enfermedad social que sufrimos no tiene posibilidades de prevalecer. Dios ha creado a la humanidad para que ésta le rinda gloria y honra, alabándolo para siempre por Su amor. Por el momento la fiebre arrecia y las cosas se van a poner peor antes de ponerse mejor. Nuestro signo seguro de victoria es el mismo que en los tiempos de Constantino: la Cruz.
In Hoc Signo Vinces, el lema de Constantino tiene las mismas iniciales que Iesu Homini Salvatoris Vincit.
¡Jesús, Salvador de la Humanidad, Prevalece! Amen. Ven, Señor Jesús.
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