27 de enero de 2009

El Problema del Dolor

Siquem

Hace varios días coloqué un extracto del libro “El problema del dolor” de Lewis en el post Sobre el amor de Dios. Ahora seguiré con la misma obra, colocaré algunas anotaciones que he hecho. Son extractos sueltos y resulta mucho mejor si los leemos desde el contexto del libro, en Internet se consigue, tal vez en alguna librería. también me parece oportuno tener presente que hay muchos tipos de dolores no solamente el fisico.

El problema de conciliar el sufrimiento humano con la existencia de un Dios que ama, es insalvable solamente mientras se atribuye un significado trivial a la palabra “amor”

Si hemos de tomar la doctrina de la caída en un sentido real, debemos buscar el gran pecado en un nivel más profundo y atemporal que el de la moralidad social. Este pecado ha sido descrito por San Agustín como el resultado del orgullo, del movimiento mediante el cual una criatura (es decir, un ser esencialmente dependiente, cuyo principio de existencia no reside en sí mismo sino en otro) trata de establecerse por sí misma, de existir para sí misma. Tal pecado no requiere situaciones sociales complejas, experiencia extensa, ni un gran desarrollo intelectual. Desde el momento en que una criatura se da cuenta de Dios como Dios, y de ella como un yo, se le presenta la terrible alternativa de elegir a Dios o a sí misma como centro. Este pecado es cometido diariamente tanto por niños pequeños y por campesinos ignorantes, como por personas sofisticadas; por personas solitarias, no menos que por aquellas que viven en sociedad. Es la caída en cada vida individual, y en cada día de cada vida individual, el pecado fundamental tras todos los pecados particulares.

En este mismo momento usted y yo estamos ya sea cometiéndolo, a punto de cometerlo, o arrepintiéndonos de él. Al despertarnos, tratamos de poner el nuevo día a los pies de Dios; antes de haber terminado de afeitarnos, se vuelve nuestro día, y la parte para Dios se siente como un tributo que debemos pagar de “nuestro propio” bolsillo, descontado del tiempo que sentimos debiera ser “propio nuestro”. Un hombre comienza un nuevo trabajo con un sentido de vocación y, quizá, durante la primera semana mantiene como su fin la satisfacción de su vocación, tomando -a medida que llegan- los placeres y penurias venidos de la mano de Dios, como “accidentes”. Pero la segunda semana comienza a “conocer todos los trucos”; a la tercera, ha esbozado para sí su propio plan dentro de ese trabajo, y cuando puede dedicarse a ello, siente que no está obteniendo más que sus propios derechos, y cuando no puede, siente que está siendo obstaculizado.

El espíritu humano ni siquiera comenzará a intentar someter la voluntad propia mientras parezca que todo en él anda bien. Ahora bien, el error y el pecado tienen esta característica: cuanto más profundos sean, menos sospecha la víctima su existencia; son un mal enmascarado. El dolor es el mal desenmascarado, inconfundible; todo hombre sabe que algo anda mal cuando está sufriendo.

El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundo sordo. Un hombre malvado feliz, es un hombre sin la menor sospecha de que sus acciones no “corresponden”, de que no están de acuerdo con las leyes del universo.

Todos hemos notado qué difícil es volver nuestros pensamientos a Dios cuando todo está bien. “Tenemos todo lo que queremos” es un dicho terrible cuando “todo” no incluye a Dios. Hallamos a Dios una interrupción. Como dice San Agustín en alguna parte, “Dios quiere darnos algo, pero no puede, porque nuestras manos están llenas -no hay donde Él pueda ponerlo”. O como dijo un amigo mío, “consideramos a Dios de la misma manera que un aviador considera a su paracaídas; está allí para las emergencias, pero espera que nunca tendrá que usarlo”.

La voluntad humana se vuelve verdaderamente creativa y verdaderamente nuestra cuando es totalmente de Dios, y este es uno de los muchos sentidos en que aquel que pierda su alma la encontrará.

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