
Juan Vicente Boo
La Biblioteca Vaticana cierra tres años por reformas urgentes. El peso de 1.600.000 manuscritos y libros hacía peligrar el edificioLa biblioteca más valiosa del mundo cerrará sus puertas el próximo 15 de julio, durante un período de tres años, para desesperación de los veinte mil investigadores que la visitan cada año. Es un trago amargo que provocará el retraso de un gran número de libros y tesis doctorales en los cinco continentes. Pero la Biblioteca Vaticana no tenia alternativa: el elegantísimo edificio construido en 1587 por el arquitecto Domenico Fontana ha comenzado a agrietarse bajo el peso de 1.600.000 libros y manuscritos de un valor incalculable.
La Biblioteca Vaticana, creada en el siglo IV y ampliada notablemente en el siglo XV, guarda buena parte de la memoria más antigua de la humanidad. Es tan rica que no consigue siquiera saber lo que tiene en sus estanterías y en su moderno bunker subterráneo a prueba de incendios, terremotos y bombardeos. Los incunables son 8.300 y el número de manuscritos llega a 130.000. Según el viceprefecto Ambrogio Piazzoni, “tenemos 60.000 códices, pero de la gran mayoría sabemos poco más del título. Tan sólo de 9.000 conocemos el contenido detallado, y eso es fruto de los últimos cien años de trabajo”.
De esos fondos seguirán saliendo a la luz obras inéditas de autores clásicos griegos, latinos y árabes, como ha sucedido con el Libro VI de La República de Cicerón. Resulta desconcertante que a estas alturas no se sepa lo que hay, pero el motivo se comprende a la vista de los números. Según Piazzoni, “una persona puede catalogar bien unos diez códices al año, pues lleva mucho tiempo leerlos, verificarlos y sistematizar su contenido. Al ritmo que hoy es posible necesitaríamos cientos de años”.
Toda esa ingente tarea tendrá que esperar, “pues no podíamos retrasar ya más las obras. Un ala sufre graves problemas de estabilidad, en parte causados por el peso de los libros. Para aminorar el riesgo hemos trasladado ya 400.000 volúmenes, que no es ninguna broma”.
El Bibliotecario, monseñor Raffaele Farina, reconoce el malestar causado por el cerrojazo, pero insiste en que “cerramos precisamente para mejorar las condiciones de trabajo de estudiosos e investigadores en las próximas décadas. El cierre es doloroso, pero necesario”. Al menos, se podrán consultar los fondos digitalizados y microfilmados, tanto en la propia Biblioteca Apostólica Vaticana (www.vatican.va) como en la Vatican Film Library de la Saint Louis University (www.slu.edu/libraries/vfl), que cuenta con 37.000 microfilms de manuscritos vaticanos.
En estos momentos, la Biblioteca sufre una doble revolución pues además de las obras de modernización emprende un relevo en la cúpula directiva. El pasado lunes, durante una larga y afectuosa visita, el Papa Benedicto XVI les anunció que había nombrado al cardenal francés Jean-Louis Tauran, el Bibliotecario desde hace cuatro años, nuevo presidente del Consejo Pontificio para el Dialogo Interreligioso.
El hasta ahora prefecto, Raffaele Farina, le sustituye en el cargo, que se llama oficialmente “Archivero y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana”, pues dirige también el Archivo Secreto Vaticano: 85 kilómetros de estanterías que contienen la mayor parte de los documentos oficiales de la Santa Sede desde 1198. Entre ellos figuran los documentos públicos más antiguos de muchos países del mundo, que han perdido los fondos propios a causa de guerras, cambios dinásticos, traslado de capitales, negligencia o simple incapacidad para cuidar los documentos con el interés demostrado desde hace dos mil años por las principales diócesis y monasterios cristianos.
El viceprefecto de la Biblioteca Vaticana, Ambrogio Piazzoni, que es también profesor de Historia del Manuscrito en la Universidad de Tuscia (Viterbo), advierte que no es fácil encontrar un equilibrio “entre el acceso al público y la protección del patrimonio de la humanidad. Por ejemplo, la caligrafía de Petrarca en su ‘Cancionero’se desvanece cuando se expone a la luz. Millares de obras únicas sería mejor no tocarlas nunca, pues les perjudica la luz, la humedad de la respiración, y los cambios de temperatura”.
Otros tesoros, en cambio, son mucho más sólidos, y el Papa pudo ojear a gusto el famoso Códice B, del siglo IV, la Biblia completa mas antigua del mundo. Es probablemente una de las copias que el emperador Constantino regaló a las principales basílicas después de presidir en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia, celebrado el año 325. Otros documentos son todavía más antiguos. El papiro Bodmer VIII, con dos cartas de San Pedro es del año 200, mientras que el Bodmer XV, con los evangelios de Lucas y Juan puede remontarse al 175. Las copias más antiguas conocidas de los grandes autores clásicos son de los siglos IX, X y XI. El testimonio escrito sobre Jesucristo les precede en casi un milenio.
Ratzinger pidió a Juan Pablo II poder retirarse a la Biblioteca
Los cargos en el Vaticano duran cinco años, y cuando el cardenal Joseph Ratzinger estaba a punto de cumplir quince como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe volvió a pedir a Juan Pablo II que le dejase marcharse para volver a su verdadera vocación, la de investigador. Aquella petición, como la que presentaría un lustro mas tarde, fue rechazada, y el cardenal bávaro pasó 24 años de su vida al frente de la Congregación.
El pasado lunes, cuando visitaba la Biblioteca Vaticana, el Papa reveló en un encuentro con los empleados, que aquel era el lugar de sus sueños. “Confieso –les dijo- que al llegar a los setenta años quería que el amado Juan Pablo II me permitiese poder dedicarme al estudio y a la investigación de los interesantes documentos que vosotros custodiáis con tanto cuidado pues son obras maestras que nos ayudan a recorrer la historia de la humanidad y del cristianismo”.
El personal de la Biblioteca bebía sus palabras. Nadie conocía su deseo de pasar los últimos años de su vida estudiando sobre aquellas mesas los manuscritos conservados en aquellos anaqueles. Fue un breve momento mágico que concluyó cuando Benedicto XVI añadió lo que en cambio ya todos sabían: “pero el Señor tenía otros programas para mí...”.
Publicado originalmente por ABC
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