Carlos Caso-Rosendi
Soy más sabio que los ancianos, porque observo tus preceptos. Yo aparto mis pies del mal camino, para cumplir tu palabra. No me separo de tus juicios, porque eres Tú el que me enseñas. ¡Qué dulce es tu palabra para mi boca, es más dulce que la miel! Tus preceptos me hacen comprender: por eso aborrezco el camino de la mentira. Salmo 119, 99-104
Aún el más simple de los fieles recibe en su vida alguna confirmación de la verdad del Evangelio que le permite creer en Jesús contra toda oposición, confirmando las palabras de Cristo: "Mis ovejas conocen mi voz." En el Salmo citado arriba se puede entender algo de ese proceso misterioso, cuando el salmista dice "Soy más sabio que los ancianos, porque observo tus preceptos." No hay mejor prueba del amor de Dios que la que se recibe cuando uno se decide a obedecer la ley divina, en contra nuestras propias malas inclinaciones.
Lo primero que la ley de Dios requiere es que seamos mansos y nos dejemos enseñar por El. Esa primera lección consiste en examinar con humildad lo que no entendemos, con la esperanza de entenderlo algún día. En ello se aprende algo que es fundamental para el ejercicio de todas las ciencias, la humildad intelectual que nos convence a priori, que las maravillas del universo en que vivimos son demasiadas y demasiado complejas para nuestros limitados medios. Para encontrar la verdad—en cualquier tópico—es necesario someterse con humildad al proceso de aprender. En cuestiones de religión, me parece que éste es el único método que Dios prescribe.
En mi experiencia, he visto que las personas que son de mente inquisitiva, pero orgullosa, tienden a apurarse en sus conclusiones, violentando con sus preconceptos las mismas verdades que se presentan claras delante de sus ojos hasta llegar a conclusiones equivocadas. Pareciera que la naturaleza está cerrada a ese tipo de inquisición. Lo que le falta al soberbio apresurado es lo que Salomón definió en el proverbio: "El temor de Dios es el principio de la sabiduría". Y es que el temor de Dios, el asombro cuasi-infantil ante la gloria que se nos revela en todo lo creado, es esencial para desarrollar la paciencia y la perseverancia necesarias para aprender cuidadosamente la verdad de cualquier asunto.
En el proceso de aprender, la humildad se hace más profunda y comienza a morigerar el alma, moderando los excesos y afectos naturales del hombre. Con eso se alcanza gradualmente un grado de refinación, una elevación del espíritu por sobre los apetitos originales que a su vez permiten refinar el juicio y facilitan la llegada a la verdad final que es Dios.
Si un hombre no supera gradualmente sus malas inclinaciones a medida que aprende la ley de Dios, ese hombre no se eleva sobre el desorden con que el pecado original ha marcado su alma. Todo lo contrario, tal hombre edifica sobre la arena de sus propias contradicciones, memorizando y racionalizando sus convicciones sin darles el fundamento, el principio que es el temor de Dios. Tal hombre parece sabio, pero no lo es. Bien lo dijo Jesús que el que practica el mal, odia la luz y no se acerca a la luz para que sus prácticas no sean reprobadas. Tal hombre sabe bien que Dios es el soberano de la creación—lo ha podido aprender intelectualmente—pero es incapaz de someterse al reinado de Dios en su corazón porque en realidad no le teme y no ha llegado a conocer el principio del verdadero saber, que es el sometimiento a la maravilla que es Dios. A medida que la Cruz se eleva sobre su intelecto, el hombre infiel huye de ella y se esconde, resultado en todo lo contrario de lo que Cristo mismo predice cuando dice que el Hijo del Hombre será alzado en esa Cruz para atraer todas las cosas hacia Sí.
Esa separación ocurre tanto en el interior del hombre como en lo que es naturalmente exterior a él. Me recuerda a la separación de las ovejas y las cabras. Correr hacia la Cruz para abrazarla es propio de las ovejas, pues la Cruz es el hogar de su Pastor. Huir de la Cruz para refugiarse en los consuelos de la carne, es propio de los que no pertenecen al Pastor y deben alejarse de su luz en un vano intento de evitar ser juzgados. Digo vano intento porque en la propia huída se ha efectuado el juicio y se ha dictado la sentencia. La fuerza de Cristo, su atracción, es la Cruz. La debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres, Dios prevalece sobre toda voluntad opuesta aunque clavemos sus manos y sus pies al madero.
Todo lo que está oculto sale a la luz, todo lo que no es verdad se disgrega como arena seca. Entretanto, la Cruz hace fructificar todo lo que viene a ella.
Señor Dios, creo firmemente y confieso todas y cada una de las verdades que la Santa Iglesia Católica propone, porque Tú nos las revelaste, oh Dios, que eres la eterna Verdad y Sabiduría, a Quien no se engaña ni nos puede engañar. Del Acto de Fe, oración católica.
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