2 de febrero de 2009

Ricardo Sáenz-Hayes

Fernando Iwasaki

No creo estar cometiendo ninguna arbitrariedad cuando afirmo que el escritor Ricardo Sáenz Hayes (1888-1976) es desconocido en España, aunque siempre me quedará la duda de haberlo sido si aventuro que está olvidado en Argentina. ¿Cuándo un escritor se convierte en olvidado? Para mí hay una evidencia irrefutable: cuando su biblioteca se salda a cuentagotas, como una agonía lenta e irremediable.

Entre 2004 y 2007, un portal argentino de obras de arte y antigüedades remató (y aquí el verbo «rematar» es otra denigración) la biblioteca de Ricardo Sáenz Hayes, donde había verdaderas joyas como los dos primeros libros de Borges dedicados por el autor. En realidad, Borges nunca fue demasiado afectuoso en sus dedicatorias, y así en la hoja de respeto de Inquisiciones (1925) anotó: «A Ricardo Saénz Hayes / Homenaje de Jorge Luis Borges», mientras que en El tamaño de mi esperanza (1926) garrapateó parcamente: «A Ricardo Sáenz Hayes, con agradecida amistad». Uno sospecha que Saénz Hayes estaba olvidado en su país porque aquellas rarísimas ediciones dedicadas estuvieron en venta durante años y la verdad es que www.bullrichgaonawernicke.com las remató por cuatro perras.

¿Sería Borges buen amigo de Ricardo Saénz Hayes? Las reseñas de Borges tampoco eran para reventar cohetes, pues en la revista Síntesis (número 2, Buenos Aires, 1927) publicó una crítica del ensayo Los amigos dilectos (1927) de Sáenz Hayes, donde no decía ni fu ni fa. A saber, «En mayor grado que muchas de las sedicentes novelas, ésta de Ricardo Hayes es libro novelístico», o bien «El tono es de pudor. Algún rato, cuando habla de una gran amistad, he creído derramada en su voz la nostalgia de ella», para terminar rematando al palo: «El libro está compuesto con limpidez. Su español -pulcramente internacional-no está fechado en región alguna, si bien el uso de los pronombres analíticos le dan atmósfera de Castilla». En cualquier caso, quiero creer que Borges no malquería a Ricardo Saénz Hayes, porque le regaló el ejemplar número 12 de El tamaño de mi esperanza, que sólo tuvo una tirada numerada y encima destruida de 500 ejemplares. Por lo tanto, si el primer libro fue para su madre, el segundo para su hermana Norah, el tercero para la mamá Fanny, el cuarto para Concepción Guerrero, el quinto para Victoria Ocampo, el sexto para Estela Canto, el séptimo para María Esther Vásquez, el octavo para Norah Lange, el noveno para Elsa Astete, el décimo para su maestro Cansinos y el undécimo para Bioy Casares, es obvio que Sáenz Hayes tuvo que ser uno de los mejores amigos de Borges, porque su ejemplar era el número 12.

Ricardo Sáenz Hayes era crítico de arte, editorialista de La Prensa y autor de varios cuentos y novelas, aunque su faceta más reconocida fue la de ensayista y crítico literario, donde podemos citar títulos como Almas de crepúsculo (1900), Las ideas actuales (1909), Los amigos dilectos (1927), Perfiles y caracteres (1927), Antiguos y modernos (1929), la biografía Miguel de Montaigne (1939), De la amistad en la vida y en los libros (1944), los diarios Entre dudas y esperanzas (1954) y la edición académica de sus críticas Ensayos y semblanzas (1970). Uno de sus libros más desconocidos es España. Meditaciones y andanzas (1927), escrito durante sus años de residencia en París y bajo el influjo intelectual de Ortega. No obstante, a diferencia de Ortega, a Ricardo Sáenz Hayes le encantó Andalucía y especialmente Sevilla.

Lector de los clásicos, Sáenz Hayes quiso ver destellos homéricos en Sevilla y así la definió como la Tierra de los Lotófagos: «Yo no sé si los sevillanos que veo a diario en la calle de las Sierpes -la más céntrica de la ciudad y tan antigua como ilustre, pues Cervantes la menciona en alguna de sus Novelas ejemplares- yo no sé si se nutren con la flor de loto; pero sus personas trasuntan una inefable serenidad. Unos van con paso mesurado -a nadie he visto ir de prisa- y si alguien tuviera la peregrina ocurrencia de echar a correr, de fino que se le tomaría por loco; otros están parados en grupos y los más llenan los cafés y los clubs sociales o taurinos, arrellanados en cómodos asientos, fumando puros y mirando hacia la calle. Predominan los chambergos cordobeses, de alta copa y amplias alas duras, y, de rato en rato, vése pasar alguno vestido de «corto». Sólo si nos fuera dable inmiscuirnos en la conversación de esta buena gente, conoceríamos a fondo su psicología y sabríamos hasta qué punto la tierra de María Santísima es la tierra de los lotófagos».

Como la mayoría de viajeros latinoamericanos, Sáenz Hayes sucumbió al hechizo moruno de Sevilla, porque a diferencia de ingleses y franceses, para un hispanoamericano los árabes siempre serán más exóticos que los gitanos: «Me ha impresionado hondamente, desde el primer momento, la semejanza grande que hay entre Sevilla y algunas ciudades sicilianas, como Palermo, por vía de ejemplo. No se trata tan sólo de la hermandad de la luz y de los cielos altos y azules que caracterizan a las tierras del mediodía; tienen la misma atmósfera de augusta vejez y una misma fisonomía que denuncia con rasgos inconfundibles la comunidad de origen. Aludo, desde luego, a la poderosa influencia árabe, influencia que satura el espíritu y la sangre, y que no se extingue, por grande que sea el impulso renovador y destructor del tiempo».

Sáenz Hayes estaba persuadido de que Sevilla -sobre todo la Sevilla cristiana- era inequívocamente mora y musulmana: «Los primeros reyes cristianos de Sevilla vivían como sultanes; tenían un harén; entregábanse a los placeres como príncipes orientales y edificaban palacios moriscos. La sombra de Pedro el Cruel ronda por las salas del Alcázar, y en los atardeceres, la favorita doña María Padilla alienta en los jardines amorosos. En ninguna parte vibra el espíritu cristiano por más que abunden las cruces añosas. La atmósfera que se respira es de alegría y sensualismo ... No quiere decir esto que en Andalucía no exista el fervor religioso, pues por algo se le llama tierra de María Santísima. Pero si la oración está en los labios, el moro está en la sangre...».

Ricardo Sáenz Hayes no se conmovió con las grandes fiestas sevillanas, pues la Semana Santa se le antojó «una fiesta que se lleva a término con la más extraña liturgia» y la romería del Rocío la despachó en tres palabras «semi-pagano espectáculo». Más literario que folclórico y más plástico que arquitectónico, a Sáenz Hayes le interesaron más bien las figuras de Miguel de Mañara y Don Juan, de Murillo y Valdés Leal. Eso sí, ni toros, ni flamencos, ni gitanos, ni cigarreras.

En Sevilla tuvo Sáenz Hayes una «sensación de Florencia», aunque no por las semejanzas, ya que «lo que se ve es pobre y triste y falta aquel aire de señorío, aquella suma prestancia que nos sale de todas partes al encuentro cuando entramos en Florencia». Sin embargo, al recorrer las estrechas calles del barrio de Santa Cruz, al oír el rumor de las fuentes y al contemplar la reverberación de la luz en la cerámica de los tejados sevillanos, Sáenz Hayes concluyó: «A mí me place gustar de las cosas por lo que ellas son y no por el parecido que puedan tener con otras. Florencia y Sevilla son dos ciudades harto desemejantes, y, sin embargo, ambas seducen con su gracia y pueblan la mente de evocaciones y quimeras».

Me pregunto si Sáenz Hayes seguiría pensando lo mismo si recorriera de nuevo las calles de Florencia y Sevilla, en este nuevo siglo que ha abolido las quimeras.

Publicado originalmente en ABC de Madrid


Ricardo Sáenz Hayes y “El Jardín Interior”

Guillermo R. Gagliardi

Motivación

Hay que descubrir la hondura y delicadeza de un eximio hombre de letras argentino, Ricardo Sáenz Hayes (1888-1976). Mi primer conocimiento sobre este distinguido intelectual ocurrió a través de una información del catálogo de la Colección “Austral” de Espasa-Calpe, la prestigiosa editorial hispánica. En él, un libro, “De la amistad en la vida y en los libros”... Luego, estudié sus investigaciones y escritos sobre “Juan María Gutiérrez” y sobre “Juan Bautista Alberdi”, en la “Historia de la literatura argentina” dirigida por R. A. Arrieta (Peuser, 6 tomos, 1960). Después, “Miguel Cané y su tiempo” (Kraft, 1955). El prefacio de esta obra me introdujo, justamente, en el mensaje crítico de otro ensayista y crítico de fuste, Charles A. de Sainte-Beuve (1804-1869):

“No hay manera de profundizar una obra y de aquilatar la dimensión de sus valores, sin el minucioso conocimiento de la psicología individual de su autor”.

También me enseñó que: “La pereza mental de que padecen los panegiristas irracionales de algunos personajes históricos, los lleva a un fetichismo sin atisbos de liberación”.

“Cuán apetecible, aunque irrealizable, la tarea de equilibrar los Juicios introduciendo en ellos un adarme de relatividad en lo absoluto, y otro adarme de relatividad en lo relativo”.

“Ante el monumento y el altar me inclino a distinguir el hombre de carne y hueso, con la suma de sus virtudes y la resta de sus comprensibles y humanas deficiencias”.

Recuerda esta última confesión de raíz sainte-beuveana a la apelación del escritor florentino Giovanni Papini (1881-1956) al hombre concreto, “de dientes de lobo”, al carnívoro a veces pensante, que reclama en su “Informe sobre los hombres”, que documenta magistralmente en “L’uomo Carducci”, en “San Agustín” o “Dante vivo”.

“El autor de “Miguel Cané y su tiempo” advierte apropiadamente en su prólogo: “No por notorias y tangibles que puedan ser las afinidades recíprocas con lo que frecuento de buen grado, por cortesía no me siento obligado a perder la independencia –única fortuna de la que cuido avariciosamente- y nunca jamás a entregarme como vasallo sin rescate de honra”.(Obra y ed. cit., “Propósito”, p. 9-15).

Los libros

Espíritu humanista, independiente e intensamente original. Ocupa un sitio prominente en las Letras. Académico singular, conferencista, ensayista, periodista internacional de suma jerarquía. “Crítico creador” al estilo ilustre del autor de los “Causeries du Lundi” (“Charlas del lunes”, reunidos en varios volúmenes, 1851-1881, “Nuevos Lunes” 1863-1870 y “Primeros Lunes”, 1874-1875).

Exhibe su propio sentir a través del análisis, muchas veces iconoclasta y siempre exigente y personal, del pensamiento de los demás. (Léase “S. Beuve, crítico creador de valores”, incluido en su tomo colectáneo “Blas Pascal y otros ensayos”, 1924).

En la sustanciosa labor crítica cumplida durante largos años por S. Hayes, ilustra ejemplarmente, con prosa tersa y densa de reflexiones, los preceptos del “Arte de Leer” ( “L’art de lire”, 1912, trad. castellana, 1950) del crítico Émile Faguet (1847-1916):

“La crítica no es otra cosa que un ejercicio continuo del espíritu, por medio del cual lo hacemos apto para comprender dónde está lo falso, lo débil, lo mediocre, lo malo”.(Ob. y ed. cit., cap. VIII: “Los enemigos de la lectura”).

Su fin clarísimo, su autoeducación tan selecta y clásica, ha sido, lo anota:

”Hallar en la soledad estudiosa, equilibrio y serenidad”.

“Un refugio, una torre de autoexamen para vivir en paz conmigo mismo”.

“Lo que percibo con más nitidez es mi paisaje interior”.

Evidente, la torre del perigordano simboliza, resume, la clave de su vida intelectual, la explica y justifica: “La única puerta de salvación está en el Humanismo que clarifica y ensancha la mente”. “Don de Soledad, conquista de Libertad”, aspira el yo de don Ricardo, identificándose con la elevación de alma de Sócrates y Agustín de Hipona, Pascal y Montaigne, Maquiavelo y Gracián, Kant y Schopenhauer, Gide y Flaubert, Groussac y Alberdi... El hombre más libre es el que mayor número de ídolos engañosos logra alejar de su espíritu. Es el que consagra a la Conciencia y al Conocerse a sí mismo como el Centro de toda verdad.

Mi ya un poco extenso amor a los libros, viejos y nuevos. Mi deslumbramiento persistente ante la sola visión de una biblioteca bien nutrida, me ha acercado a la obra de nuestro escritor, y ha acentuado mi bibliofilia, y aun mi bibliomanía. Léase su “De la amistad...”,2° ed., 1944.

El académico Carmelo M. Bonet en sus “Apuntaciones sobre el arte de escribir” (cito por la 3° ed., 1945) nos señala: “Los grandes libros nos mejoran: llenan de luz nuestros diminutos aposentos espirituales. La naturaleza de las lecturas influye sobre la calidad del estilo”. Comprendía Sáenz Hayes esta pasión, desde lo más raigal de su personalidad, por ello nota: “¡Qué agradable, halagadora y suave es la compañía de nuestros libros!. Ninguna otra en lo espiritual, es más reconfortante; silenciosa, sí, pero invariable, espléndida. La soledad se fecunda con los libros; las horas pasan armoniosas y profundas”. ”¿Qué es una biblioteca sino un mundo a través del cual la mente ambiciosa se pasea?”(de su libro referido “De la amistad...”, p. 157).

Pasión por Montaigne

Sus diarios, tan serenos y tan apasionados también, por su conocimiento literario y filosófico universal y su dedicación plena a la meditación y la crítica, consuenan con sus continuas lecturas y estudio del filósofo renacentista Michel de Montaigne (1533-1592), a quien ha dedicado su obra más sólida.

La primera edición es de 1938, impresa en Toulouse (Francia) por la prestigiosa Espasa de Madrid, luego reeditada, ampliada por Kraft en edición muy cuidada y espléndida (1946).

Lee al autor de los “Ensayos” desde su veinte años (aprox. 1913) y lo cita o transcribe en muchos de sus escritos. Sincero, autobiográfico, serio, nos lo cuenta en “Cada día con su afán”, en el que recorre sus días y lecturas desde 1920 a 1945, continuado en su “Entre dudas y esperanzas” que recoge sus experiencias hasta 1950: animados con diálogos sugerentes, breves reflexiones, agudos retratos, pungentes observaciones humanas o históricas, preciosos “medallones” literarios, interpretaciones psicológicas: “Lo que me interesa es el hombre que hay en Montaigne. Un hombre de carne y hueso es el mío. “Me veo y siento en Montaigne. Me reconozco en él. Sus dudas son las mías”. “Por eso cuando hablo de él, hablo de mí”.(Ob. cit., p. 157-158).

Siempre refiérese amorosamente al escritor galo cuando habla de Shakespeare, Bacon, Cané, Pascal, Maquiavelo..., pues considera sabiamente que: “El culto de los muertos ilustres es una manifestación, la más digna , la más pura, de la justicia humana”. La vida tiene un valor docente inestimable, mas ello no quiere decir que todo puede aprenderse empíricamente. En las bibliotecas hay un mundo infinito y mudable y a ellas hay que ir a buscar lo que no se aprende en el comercio de los hombres”.(De su “De Stendhal a Gourmont”, BABEL, 1923, p. 194-195 y 205).

Aprende en Montaigne (“mi libertador moral”, “mi escudo y mi armadura”), aprendemos nosotros, que la Libertad es Conquista, redescubrimiento y magisterio interior. Y que el hombre más libre es el que mayor número de ídolos engañosos logra destruir y alejar del espíritu.

Otros libros, otras lecturas.

En su juventud ansió ser novelista: “El Apóstol” (1910), “novelón naturalista y socialista”, “El viaje de Anacarsis”, cuentos, “Almas de crepúsculo” (con prólogo de Manuel Ugarte, Garnier, Paris, 1909). Alma ecuménica, individualista irreductible, escéptico, soledoso en su vida particular. “Soy americano por el nacimiento, español por la lengua, inglés por mi apellido materno, francés por Montaigne, europeo por la cultura, internacional por la curiosidad que me inspiran todos los pueblos”. Viajero incansable, reposado, atento. Relativista e introvertido. Gustaba de la lectura serena, intensa y hogareña, “en las plácidas horas que discurren en la propia casa, grande o pequeña, pero llena de ventura, y sin apremios a la luz de la lámpara familiar y en rededor de la lumbre crepitante y amorosa”.

Aprendió, no sin esfuerzos y reflexiones continuas, que “la realidad percibida no es la realidad total”, y que la Historia de la Humanidad: “es una serie indefinida de avances y retrocesos de la libertad, de avances y retrocesos de la opresión organizada, de avances y retrocesos de la dignidad humana”. En 1947 escribe un libro “con calor y dolor”: “Reminiscencias. Pláticas con Anita” (editado por Kraft), su esposa, Ana Lamarque Jáuregui, muerta en San Sebastián en 1945. Ella lo sostuvo y fue su inspiradora en horas de dudas quemantes y otras vacilaciones existenciales. Evocaciones familiares, recuerdos sentidos, en armonía con temas de valor eterno, los libros, la vida y la muerte, el destino, la amistada apreciada, la emoción religiosa.

Se define como “hombre de paisaje interior”. Un intelectual de vida recatada y alma apasionada, “hombre de libros”. “El cielo, la tierra y el mar los llevo dentro de mí”.

Este libro clave en su vida, junto el dedicado a Montaigne, nos cautiva, por la hondura del sentimiento y de la meditación.

Y nos ofrece su concepto montaigneano del ser humano: “somos imperfectos, inconstantes y ligeros. Lo único que terminamos bien y a tiempo es la vida”.

Y enuncia su propósito vital: “Hacerle frente a la Muerte con un soliloquio que busca el modo de volver a vivir las horas que Anita embelleció”.

Escribe significativamente en el segundo tomo de su Diario: “Soy pesimista por naturaleza. ¿Se puede ser otra cosa en un mundo absurdo por donde se lo mire?. Avidez, mala fe, discordia, en todo tiempo y lugar...”.

“Tengo abuelos –continúa, confesional y deliciosamente en su narración autobiográfíca- que amaron la sombra de la misma casa donde nacieron y fenecieron. El recato de la existencia sin desmesurada ostentación y el espíritu llano y exento de ambiciones sinuosas, fue en ellos atributo preclaro”.

Miles de artículos periodísticos, charlas y discursos integran su obra literaria. Algunos, agavillados en volúmenes, hoy inhallables, todos valiosos y recuperables, además de los ya mencionados: “Las ideas actuales” (Sempere, Valencia, 1910), “El arte argentino” (1913), “Elogio de Alberdi” (1918), “La fuerza injusta” (1918), “De Stendhal a Gourmont” (BABEL, 1923), “Blas Pascal y otros ensayos” (J. Samet, 1924), “La polémica de Alberdi con Sarmiento y otros ensayos” (Gleizer, 1926), “España. Meditaciones y andanzas” (Gleizer, 1927), “Los amigos dilectos” (ídem), “Perfiles y caracteres”, “Antiguos y modernos”, “Ramón J. Cárcano en las letras, el gobierno y la diplomacia” (Academia Arg. de Letras, 1960),“Ensayos y semblanzas” (Academia Argentina de Letras, 1970).

Esfuérzate por elevarte desde el Espíritu configura el mensaje final de Ricardo Sáenz Hayes. Maestro de la Lengua y el pensamiento argentino, para él, llevar el alma limpia de falsas pasiones es la llave que ha de iluminar nuestro “paisaje interior”. Todo ello moral y literatura, psicología y política, lo aprendí, frecuentando con asombro primero, y amor siempre, a Sáenz Hayes y su calificada literatura.

Referencias
Ricardo Sáenz Hayes (1888 – 1976) Periodista, crítico y escritor. Representante del diario La Prensa en Europa, con asiento en Londres y Paris durante la década del '20 del siglo pasado. Miembro del primer Concejo Deliberante, oficial de la Legión de Honor de Francia, miembro del Pen Club y de distintas organizaciones culturales, ocupó el sillón de Juan B. Alberdi en la Academia Argentina de Letras. Autor de numerosos libros, colaboró con los diarios La Prensa, La Vanguardia, El Tiempo y la revista Nosotros.

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