Carlos Caso-RosendiSiete cosas que destruyen la sociedad: riqueza sin trabajo, placer sin conciencia, conocimiento sin carácter, comercio sin moral, ciencia sin compasión, religión sin sacrificio, política sin principios—Mohandas GhandiEsto debe ser una de esas "casualidades" con las que el cielo nos llama la atención a nuestros deberes. Me llega este mensaje por email a escasos minutos de haber conversado del mismo tema con alguien de ideas radicalmente opuestas. No me animo a decir que esta persona con la que yo hablaba sea un conservador, de hecho creo que este hombre es un liberal extremo, un libertario. Pero baste decir que conversábamos de lo mismo, de los pobres, de la acuciante y espantosa pobreza que existe en nuestro mundo en esta generación. Este es el mensaje que recibí casi al mismo tiempo. He editado una sola palabra que no es publicable en un blog de familia por ser un poco fuerte.
Más respeto a los pobres, por favor. O tonterías las justas. La demagogia no tiene límites. El sentido común, bastante menos. Leo hoy en “Religión Digital” el último invento para acabar con la pobreza nada menos que de toda Africa. ¿Recordamos algunos datos? Novecientos millones de habitantes. Trescientos millones de ellos tan pobres que viven con menos de un dólar diario. Un 43% de la población sin acceso al agua potable. ¿Hace falta seguir o nos hacemos una idea? ¿Qué hacer? Pues resulta que un grupito de gente de buena voluntad, que a todos se supone aunque en ocasiones a uno le cueste, ha decidido que hay que iniciar una campaña con el título “Cambio tesoros del Vaticano por comida para Africa”. ¿Por qué? ¿Por qué es lo mejor para los pobres? No. Porque la iglesia no es consecuente con lo que predica. Y ya. Es decir, que no es una campaña a favor de, sino en contra de. Penoso. Cualquier economista medio serio sabe que la pobreza del mundo, la justicia para todos, es un tema complejo. Sabe que se necesita revisar el orden económico actual colocando unas correcciones que impidan que la gente se enriquezca como sea a costa de lo que sea. Y saben que sin democracias auténticas en las naciones, sin vencer esas situaciones de guerra enquistada, sin garantizar unos dirigentes que todos sabemos que viven en mayor derroche y unos continuos despropósitos, todo se hace imposible. Hacen falta mayores inversiones en el tercer mundo y posiblemente comenzar a industrializar otros países –por cierto, si las fábricas se van a Africa es fácil que aumente el paro aquí y no sé si estamos dispuestos a aceptarlo-. Tampoco sé si sería posible que para garantizar unos ingresos justos a los africanos el café nos saliera más caro y los ordenatas por un pico (a lo mejor habría que saber de dónde sale el famoso Coltan y a qué precio). Acabar con la pobreza de Africa y de todo el tercer mundo supone garantizar una ONU realmente operativa que pueda tomar decisiones respetadas por todos. Se han hecho no sé cuantos foros internacionales para buscar soluciones. Pero por lo visto nadie entiende el problema. Ni el FMI, ni el Banco Mundial, ni la ONU ni la Unión Europea. La solución para la pobreza de Africa es algo tan simple como vender los tesoros del Vaticano y repartir el dinero. Claro que no se nos dice a quién vender los tesoros, ni cómo repartir el dinero, o cómo garantizar que su uso sea de verdad algo que repercuta en los pobres y no como pan para hoy y hambre para mañana, sino como pan para siempre. ¿A alguien le parece que esto es serio? Es decir, que yo no soy partidario de la limosna puntual –porque los bienes se venden y ya no hay más- sino de la justicia. De ese orden económico y político mundial que garantice el desarrollo de todos los pueblos. Más aún. Y en este momento soy partidario ante la pobreza del mundo de crear recursos y gestionarlos y por supuesto de hacer gestos especiales de solidaridad ante los pobres. Pero no quiero que la iglesia sea la única institución. De hecho cada nación tiene bienes de los que desprenderse a favor de los pobres. Y cada religión. Y cada persona. Por eso sugiero que mientras se llega a ese estado general de justicia de forma que no haya pobres en nuestro mundo, nos planteemos todos empezar a dar limosna privándonos incluso de cosas convenientes pero desde luego para nada imprescindibles. Por ejemplo, que cada particular ofrezca su 0,7 % para los pobres. Sólo eso. Que cada nación sea capaz de vender sus tesoros artísticos si falta hiciera. Por ejemplo ¿se puede tener colgado en El Prado las Meninas de Velázquez, o la Gioconda en el Louvre o la Piedad en el Vaticano cuando hay tanto hambriento? ¿Es tolerable una mezquita con cúpula de oro de 18 k. ante los niños africanos? ¿No podría venderse algún templo budista para el mismo fin? Porque supongo que no van a decirme que budistas o musulmanes no son solidarios… Pero Jorge… entiende que la iglesia no es consecuente con lo que predica. Bueno, claro. Ni los políticos, ni los imanes musulmanes, ni los monjes budistas, ni los anarquistas, ni los nazis, ni tú ni yo… Yo consecuente al cien por cien creo que una vez hubo un señor en Indianápolis y por cierto ya fallecido. Pues vaya invento. Ahora, si hay que tirarse inconsecuencias a la cabeza mal vamos a terminar todos. Hay que ser más serios con las cosas. Y especialmente cuando los pobres están por medio. No caigamos en demagogia barata. Por cierto, ante la pobreza en Africa, atiendan estos datos de la Iglesia Católica: 848 hospitales; 4.736 dispensarios; 354 leproserías; 625 hogares para ancianos y minusválidos; 776 orfanatos; 1.930 jardines de infancia. Y sin poner a la venta la Capilla Sixtina.Me imagino por qué el autor del mensaje responde así. El argumento es viejo, "el oro del Vaticano" es muy mentado pero muy pocas veces contado. Pocos saben que la Iglesia Católica no es "rica" y ni siquiera es la iglesia más rica del mundo. Esos son hechos, pero en el mundo en que vivimos los hechos fríos no valen nada ante la cultura del slogan y el intelectualismo barato de la derecha o de la izquierda.
Acabo de hablar con un miembro de mi parroquia que no retacea sus críticas a la doctrina social de la Iglesia por considerarlas muy de tipo socialista, muy tiradas a la izquierda. También hay quien argumenta que la Iglesia está muy inclinada hacia la derecha. Ya hace algún tiempo que vengo pensando en estas visiones contradictorias, tratando de encontrarle algún sentido al asunto. Creo que ambos campos están seriamente equivocados.
Cuidaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Con estas palabras el Señor advirtió a la Iglesia a no dejarse tentar por las apariencias, traicionando la sustancia. Es posible que esta advertencia sea crucial para entender lo que nos toca vivir en este tiempo ¿Qué hacemos con los pobres? ¿Qué hacemos con los ricos?
Los así llamados conservadores (como este señor con el que yo conversaba esta mañana) nos dicen que el mercado libre lo solucionará todo, eventualmente. Claro que el mercado libre es como el pájaro dodo, hace mucho tiempo que no se le ve por ningún lado. En el rincón opuesto están los comunistas, filocomunistas, socialistas a la violeta etc. que nos avisan que "la revolución" nos va a dar la utopía de una sociedad sin pobres. Lo que quedó de Rusia y su experimento soviético, la abyecta pobreza del pueblo cubano, los soldados que se caen de hambre en los desfiles de Corea del Norte, los mataderos de Pol Pot... nada de eso los convence de que esa utopía es, no solamente un imposible, es algo que no debiéramos intentar jamás. Venezuela marcha ahora a unirse a la lista: muerte, pobreza, opresión y luego, a la pila de estadísticas de la historia.
Lo curioso de todo esto es que en las mentes de estos genios de la derecha y de la izquierda, la Iglesia es la única culpable de todo lo que pasa. Nadie en el mundo va a quejarse al cura cuando las cloacas no funcionan, o cuando hay cortes de electricidad. Pero, de alguna manera, cuando hablamos en general, la Iglesia es la culpable de todo.
¿Desde cuándo esta Iglesia es responsable de la pobreza mundial?
La acusación tiene menos sentido todavía cuando esa misma Iglesia es la más comprometida con todos los pobres del mundo y la organización que más ayuda da sin reparar en la fe de los que la reciben.
Dios sabe qué pasa por esas cabezas. Solo Dios sabe como es que piensan, si es que piensan.
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