7 de mayo de 2009

Torturas

Miguel A. Espino Perigault

Debo confesar que cuando escuché, en un noticiario norteamericano, las conmovedoras palabras de su presidente contra la tortura dirigidas a los preocupados oficiales de la CIA acusados de realizar supuestas torturas a terroristas prisioneros, sentí un súbito arranque de simpatía hacia el presidente norteamericano, y casi llego a expresarla; pero me abstuve, porque, en ese tema, dudo de su probidad.

Era aquella una reunión con recelosos dirigentes de la Agencia, a quienes despejó de temores persecutorios, y más bien les explicó su firme oposición la tortura, práctica perversa que no puede permitirse, —óigase bien— ni siquiera contra los terroristas. ¿Cómo no aplaudir aquella presidencial muestra de afecto por la vida? Según las palabras del presidente, no se permitirá nunca más la tortura a terroristas prisioneros; no la permitirán ni el gobierno, ni su presidente. ¡No más torturas en los Estados Unidos! (¿A nadie? ¿A ninguna persona?).

Entonces pensé en los millones de mujeres quienes, en los próximos años, padecerán las horribles torturas del aborto, y pensé en los millares de niños por nacer que morirán tras sufrirlas. Todo ello, debido al irrestricto apoyo político y económico ofrecido por el presidente norteamericano a gobiernos y a organizaciones favorecedores del aborto, en todas partes del mundo. Después de escuchar sus casi plañideros reclamos por las supuestas torturas a los prisioneros terroristas, lo menos que puede esperarse es un igual rechazo al aborto: verdadera tortura a la mujer y al no nacido; torturas reales, no supuestas.

Aquella loable actitud del presidente contra las torturas a terroristas, contrasta con su integral apoyo al aborto, que es un acto de tortura a la mujer, y una tortura mortal al no nacido. Muestra así, tener una doble moral y una supina ignorancia, que ofenden. El presidente norteamericano no parece entender que si la tortura a prisioneros es inadmisible y repudiable; más lo son las torturas del aborto a las mujeres y a los no nacidos.

Publicado en La Estrella de Panamá

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