Carlos Caso-RosendiEn los últimos meses, la situación iraní ha ido evolucionando y ocupando la primera plana de los medios. Los ladridos del colorido líder iraní, las caras largas de los aturbantados dirigentes, me han recordado algunos aspectos del pasado régimen comunista en Rusia. Irán puede ser un anagrama de "rían" pero ahí termina su relación con la alegría. Si algo nos ha enseñado el régimen que dió a luz Khomeini es la amargura sangrienta de su modo de operar en contraste con la elegancia y belleza de Farah Diba, que es lo único que puedo recordar del régimen anterior, defenestrado por la inoperancia activa del politburó de Jimmy Carter.
Según la tradición, Persia fue Evangelizada por San Judas Tadeo y otros santos de tiempos antiguos. Con el tiempo, esos territorios sucumbieron a la espada del Islam. Aunque hay católicos fieles en Irán e Irak, no se nos hacen muy visibles por razones obvias. Aunque la prensa no lo comente—inoperancia activa que es sin falta desfavorable a todo lo que huela a cristianismo—Irán es una teocracia islámica donde no hay separación alguna entre religión y estado.

Aunque la más mínima interferencia, (comentario o expresión de deseos) de la Iglesia en el terreno político, es rechazado con ira en los medios de Occidente, la situación iraní no parece afectarles del mismo modo. Se destaca la violencia estatal, la valentía de los opositores, la muerte de una mujer inocente y desarmada a manos de los esbirros del régimen chiíta, pero no se hace ninguna conexión entre eso y las otras multiformes variedades de violencia que la "religión de la paz" genera a lo ancho del globo terrestre. Otra cosa sería si, por ejemplo, un régimen católico de ultraderecha hiciera exactamente lo mismo en, digamos, Irlanda o Polonia. Allí surgirían quejas contra el "legado de sangre", se conectaría la violencia con "la inquisición española". Rápidamente se haría referencia a dichos hechos en un contexto supuestamente histórico. No creo estar exagerando.
De hecho, no está mal ver las cosas en su contexto histórico para nosotros, que hemos heredado la Iglesia de las Edades—la llamo así porque ha existido de una manera u otra, desde el tiempo en que Abraham y Melquisedec sacrificaron pan y vino sobre una roca, al filo de la Edad de Hierro, más de treinta siglos antes de la Héjira de Mahoma y continúa hasta hoy como referente para millones de personas y siempre enfrentada al mundo como "signo de contradicción".
Demos entonces, una mirada a la situación iraní, usando la perspectiva histórica y sin echar mano a ninguna leyenda negra o lenguaje parcialista. Aún recuerdo una líneas de Byron: "a maligned and turbanned Turk", implicando que, la malicia y el turbante son inevitablemente naturales. No, no seamos tan prjuiciosos como Byron, aunque lo disculpamos, porque al tiempo de escribir esas líneas, los turcos se le venían encima con muy malas intenciones. Pensemos sobre la cuestión iraní como católicos y de una manera católica, sin tenerle miedo a la perspectiva histórica que manejamos naturalmente como herederos de una tradición que ya dura cuarenta siglos. No hagamos lo que hacen CNN y BBC, miremos las cosas sin anteojeras ni censura previa.
Para empezar digamos que el pasado régimen del Shah no era un gran modelo de moderación. No creo que hubiera podido ser un régimen en absoluto, sin haber echado mano a los métodos de gobierno comunes a todas las naciones islámicas; que no son conocidas por generar democracias libres. Sin justificar los abusos de aquel régimen (que hoy parecen nimios comparados con la brutalidad reinante) creo que podemos decir sin problemas que los gobernantes actuales resultaron ser unos tíos sin ninguna tolerancia por el disenso, hambrientos de poder, amos y opresores brutales. Si han servido de ejemplo, ése será sin duda un mal ejemplo de cómo gobernar a un pueblo con una tradición cultural milenaria que se merece algo mucho mejor y está dispuesto a reclamarlo.
Los críticos como Hawkins y Hitchens dirán como siempre que ahí están a la vista los frutos de "la religión". Ellos considerarán ni por un minuto las palabras de Cristo "A César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios" o sus tardías palabras a Pilatos "No tendrías ningún poder sobre mí, si no te hubiera sido dado," implicando con eso que Dios quien permite que existan los poderes de este mundo para que su Reino triunfe por tener el verdadero poder en sí mismo (Cristo, como verdad y libertad) y por contraste con el vano y pobre trabajo que han hecho siempre los reinos de este mundo.
El gobierno iraní de los imanes detenta un poder absoluto y siguiendo el principio de Lord Acton, ese poder absoluto ha resultado en absoluta corrupción. Ausentes están los principios de rendición de cuentas, libertad, igualdad social, fraternidad, etc. que son el legado de la influencia cristiana en Occidente. En Persia, ese legado les llega débilmente como por reflejo. La tradición que más fácilmente se reconoce es la herencia del zoroastrismo como una sombra entre el islamismo más reciente.

Visto desde el punto de vista católico, este reino, Persia, es antiquísimo, contemporáneo de los reyes davídicos de Israel. Es un reino que nunca fue cristiano, que pasó del multiforme paganismo, al zoroastrismo y de ahí ser primeramente mahometano para luego adoptar la variante chiíta.
Quiero decir, usando y aclarando a la vez todo lo anterior, que se puede observar lo que pasa en Irán con ojos católicos. Recordando que esta región nunca tuvo una "era cristiana" y apreciar por comparación, los beneficios que el cristianismo le ha dejado a Occidente.
Esa comparación la hacen—inteligentemente—los miles de iraníes exiliados que se han convertido al catolicismo en las últimas décadas.
Irán, y de hecho todo el Islam, pueden tener un destino cristiano. Improbable, me dirán con razón, pero no tan improbable como el futuro cristiano de la Roma Imperial le puede haber parecido a San Pablo de Tarso y a los grupitos dispersos de cristianos que transformaron el mundo greco-romano del primer siglo.
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