16 de febrero de 2009

Para Vivir lo que Predicamos

Marcial Maciel DegolladoCarlos Caso-Rosendi

Soy más sabio que los ancianos, porque observo tus preceptos. Yo aparto mis pies del mal camino, para cumplir tu palabra. No me separo de tus juicios, porque eres Tú el que me enseñas. ¡Qué dulce es tu palabra para mi boca, es más dulce que la miel! Tus preceptos me hacen comprender: por eso aborrezco el camino de la mentira. Salmo 119, 99-104

Aún el más simple de los fieles recibe en su vida alguna confirmación de la verdad del Evangelio que le permite creer en Jesús contra toda oposición, confirmando las palabras de Cristo: "Mis ovejas conocen mi voz." En el Salmo citado arriba se puede entender algo de ese proceso misterioso, cuando el salmista dice "Soy más sabio que los ancianos, porque observo tus preceptos." No hay mejor prueba del amor de Dios que la que se recibe cuando uno se decide a obedecer la ley divina, en contra nuestras propias malas inclinaciones.

Lo primero que la ley de Dios requiere es que seamos mansos y nos dejemos enseñar por El. Esa primera lección consiste en examinar con humildad lo que no entendemos, con la esperanza de entenderlo algún día. En ello se aprende algo que es fundamental para el ejercicio de todas las ciencias, la humildad intelectual que nos convence a priori, que las maravillas del universo en que vivimos son demasiadas y demasiado complejas para nuestros limitados medios. Para encontrar la verdad—en cualquier tópico—es necesario someterse con humildad al proceso de aprender. En cuestiones de religión, me parece que éste es el único método que Dios prescribe.

En mi experiencia, he visto que las personas que son de mente inquisitiva, pero orgullosa, tienden a apurarse en sus conclusiones, violentando con sus preconceptos las mismas verdades que se presentan claras delante de sus ojos hasta llegar a conclusiones equivocadas. Pareciera que la naturaleza está cerrada a ese tipo de inquisición. Lo que le falta al soberbio apresurado es lo que Salomón definió en el proverbio: "El temor de Dios es el principio de la sabiduría". Y es que el temor de Dios, el asombro cuasi-infantil ante la gloria que se nos revela en todo lo creado, es esencial para desarrollar la paciencia y la perseverancia necesarias para aprender cuidadosamente la verdad de cualquier asunto.

En el proceso de aprender, la humildad se hace más profunda y comienza a morigerar el alma, moderando los excesos y afectos naturales del hombre. Con eso se alcanza gradualmente un grado de refinación, una elevación del espíritu por sobre los apetitos originales que a su vez permiten refinar el juicio y facilitan la llegada a la verdad final que es Dios.

Si un hombre no supera gradualmente sus malas inclinaciones a medida que aprende la ley de Dios, ese hombre no se eleva sobre el desorden con que el pecado original ha marcado su alma. Todo lo contrario, tal hombre edifica sobre la arena de sus propias contradicciones, memorizando y racionalizando sus convicciones sin darles el fundamento, el principio que es el temor de Dios. Tal hombre parece sabio, pero no lo es. Bien lo dijo Jesús que el que practica el mal, odia la luz y no se acerca a la luz para que sus prácticas no sean reprobadas. Tal hombre sabe bien que Dios es el soberano de la creación—lo ha podido aprender intelectualmente—pero es incapaz de someterse al reinado de Dios en su corazón porque en realidad no le teme y no ha llegado a conocer el principio del verdadero saber, que es el sometimiento a la maravilla que es Dios. A medida que la Cruz se eleva sobre su intelecto, el hombre infiel huye de ella y se esconde, resultado en todo lo contrario de lo que Cristo mismo predice cuando dice que el Hijo del Hombre será alzado en esa Cruz para atraer todas las cosas hacia Sí.

Esa separación ocurre tanto en el interior del hombre como en lo que es naturalmente exterior a él. Me recuerda a la separación de las ovejas y las cabras. Correr hacia la Cruz para abrazarla es propio de las ovejas, pues la Cruz es el hogar de su Pastor. Huir de la Cruz para refugiarse en los consuelos de la carne, es propio de los que no pertenecen al Pastor y deben alejarse de su luz en un vano intento de evitar ser juzgados. Digo vano intento porque en la propia huída se ha efectuado el juicio y se ha dictado la sentencia. La fuerza de Cristo, su atracción, es la Cruz. La debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres, Dios prevalece sobre toda voluntad opuesta aunque clavemos sus manos y sus pies al madero.
Todo lo que está oculto sale a la luz, todo lo que no es verdad se disgrega como arena seca. Entretanto, la Cruz hace fructificar todo lo que viene a ella.
Señor Dios, creo firmemente y confieso todas y cada una de las verdades que la Santa Iglesia Católica propone, porque Tú nos las revelaste, oh Dios, que eres la eterna Verdad y Sabiduría, a Quien no se engaña ni nos puede engañar. Del Acto de Fe, oración católica.

15 de febrero de 2009

La Doble Vida de Marcial Maciel

Roberta Garza

"Hemos comenzado a quitar los retratos de Maciel de las paredes"—P. Thomas Williams. Decano de teología para Regina Apostolorum, la Universidad Pontificia de la Legión en Roma.
Maciel se las arregló para tejer una gran red de turbias complicidades con líderes políticos y económicos con miras a acrecentar su poder e influencia, donde el gancho radicaba en su personalidad mística y en su discurso de pureza redentorista.

El año pasado, el Papa Benedicto XVI revocó, en una acción sin precedentes en la historia del papado, dos votos internos —votos que hacen los agremiados de una orden religiosa ante la orden misma y no propiamente ante el Vaticano— particulares a la Legión de Cristo: uno pedía nunca desear, buscar o cabildear la obtención de responsabilidades o posiciones jerárquicas en la congregación para sí mismo o para otros y, el segundo, nunca criticar al exterior los actos de gobierno o la persona de ningún directivo o superior de la congregación de palabra, letra o de ninguna otra forma. De tener la certeza que algún hermano hubiera roto esta promesa, debía informársele sin demora al superior inmediato del trasgresor.

Esta omertá —la negación o el silencio externo y la demonización interna ante los críticos— ha sido estrategia fiel de la Legión de Cristo: incluso cuando Benedicto XVI condenó en mayo del 2006 a Maciel “a una vida reservada de oración y penitencia, renunciando a todo ministerio público”, la Orden intentó una fachada de dócil inocencia como evasiva al castigo papal, afirmando que:
“En relación con la noticia de la conclusión de la investigación de las acusaciones hechas al P. Marcial Maciel, nuestro venerado padre fundador, la Congregación de los Legionarios de Cristo informa (…) Ante las acusaciones hechas en su contra, él afirmó su inocencia y siguiendo el ejemplo de Jesucristo optó siempre por no defenderse de ninguna manera (…) Él, con el espíritu de obediencia a la Iglesia que siempre lo ha caracterizado, ha aceptado este comunicado con fe, con total serenidad y con tranquilidad de conciencia, sabiendo que se trata de una nueva cruz que Dios, el Padre de Misericordia, ha permitido que sufra y de la que obtendrá muchas gracias para la Legión de Cristo y para el Movimiento Regnum Christi”.
Esa fachada de santa infalibilidad se desmoronó cuando los blogs Ex LC Blog, Life alter LC y American Papist destaparon el lunes 2 de febrero que
“hoy, el P. Scott Reilly, LC, director territorial de Atlanta, Georgia, le anunció a quienes trabajan en esa dirección territorial de la Legión de Cristo que Marcial Maciel tuvo una amante, procreó con ella al menos un hijo y vivió una doble vida”.
La noticia fue prontamente recogida por los principales diarios del mundo.

Lo cierto es que, de acuerdo al New York Times y a testigos presenciales que pidieron el anonimato, Corcuera y otros altos líderes de la Orden tenían ya semanas de acercarse a sus seguidores más fieles para informarles del hecho. Pero no hay indicio de que pensaran hacerlo público o, cuando menos, no pronto.

En palabra de Jim Fair, su vocero:
“Hemos descubierto algunas cosas de la vida de nuestro fundador que son sorprendentes y difíciles de entender. Podemos confirmar que hubo aspectos de su vida inapropiados para un sacerdote católico”.
A la fecha las versiones recurrentes son que Maciel tuvo al menos una hija que hoy tendría cerca de 22 años y que durante todo ese tiempo Maciel canalizó sumas de dinero desconocidas a esa familia. Según el NYT, el padre Steven Fichter, quien dejara la orden hace 14 años y antes fuera su financiero en jefe, dijo que le informó tres años atrás—en las postrimerías de la sentencia de reclusión—al Vaticano que cada vez que Maciel viajaba fuera de su casona de Vía Aurelia, en Roma, le pedía 10 mil dólares en efectivo; 5 mil en dólares y 5 mil en la moneda del país a donde se dirigía. Cuestionado sobre cómo justificaba el fundador esos gastos, Fichter contestó:
“Los Legionarios vivíamos en pobreza; si alguno salía y compraba una pluma bic y una barra de chocolate, tenía que reportar los recibos. Pero para el padre Maciel jamás hubo ninguna contabilidad. Siempre era efectivo, sin rastro electrónico. Y como era este héroe extraordinario para nosotros, jamás lo cuestionamos; ni por un segundo. Maciel era el héroe mítico que vivía en un pedestal y que tenía todas las respuestas. Cuando te haces legionario, debes leer cada carta que él escribió, como 15 o 16 volúmenes”.
Hoy la Orden, en contradicción con sus prácticas habituales —la negación de la crítica y el desprecio para quienes no abrazan el discurso, la hostilidad o el ostracismo abierto para quienes renuncian a éste y el culto a la personalidad de Maciel—acepta, renuente pero públicamente—la carta abierta de Corcuera, disponible en el sitio web de la Orden, es una antología de vaguedades—, que Marcial Maciel, Nuestro Padre, como ellos le llaman con reverencia, tuvo una amante y una hija con ésta. Pero de las añejas acusaciones de abuso sexual y de su adicción a la Dolantina —un derivado de la morfina—, ni una palabra. La pregunta es: ¿Por qué hoy acepta la Orden cuando menos ese pecado si siempre negó los demás?

Quizá porque es difícil probarle al fundador el abuso de sustancias o el de menores, a pesar de numerosos indicadores de lo contrario: allí están los inocentes rumores entre la congregación femenina respecto a los muchos dolores que padecía “Nuestro Padre” y que “ni las drogas más fuertes” podían curar, y los testimonios de los vejados. Pero las pruebas de ADN hacen de la paternidad algo comprobable más allá de cualquier duda: todo apunta a que la atípica confesión de falibilidad obedece, más que al deseo de limpiar la casa, a la necesidad de “enfrentar en mejor posición una posible demanda por la herencia”, como dijo el experto en antropología de las religiones Elio Masferrer a AFP el jueves 6 [ de Febrero, 2009]. Una demanda por la herencia o un chantaje millonario a manos de alguien que sabe tanto de las abultadas arcas de la orden como de la doble vida de Marcial Maciel.

Pero procrear una hija es el menor de los pecados de Maciel. Porque la Legión, con sus 800 sacerdotes con presencia en 22 países y más de 50 mil miembros arropados por su brazo laico, el Movimiento Regnum Christi, ha sido comparada con los cultos religiosos más fanatizantes y denunciada no pocas veces, aunque nunca en México, por “lavado de cerebro” y abuso de confianza. Apenas el pasado junio, Edwin F. O’Brien, el arzobispo de Baltimore, quiso expulsarlos de su diócesis por “falta de transparencia en sus operaciones”, pero fue convencido por oficiales vaticanos de imponerles en vez medidas de control restrictivas.

Maciel se las arregló para tejer una gran red de turbias complicidades con líderes políticos y económicos con miras a acrecentar su poder e influencia, donde el gancho radicaba en su personalidad mística y en su discurso de pureza redentorista, muy similar al del fascismo franquista que el michoacano tanto admiraba. Y en México, mejor que en ningún otro lado, el fenómeno floreció: la Legión capitalizó el hueco dejado por los jesuitas entre las clases dominantes —su interés en la teología de la liberación era mal visto por éstas—entrando en la intimidad de los poderosos al ofrecerles un justificante de vida donde la posición económica no era una tara para llegar al cielo —el proverbial ojo de la aguja—, sino una gracia que permitía salvar y salvarse. La entrega incondicional a la agenda de la Orden estaba imbricada en el discurso: de allí la necesidad de divinizar la figura del fundador, recibido con gritos, ahogos y desmayos —como un rock star— por un público mayoritariamente femenino: nadie debía dudar de la santidad de “Nuestro Padre”. Él mismo lo dicen en Mi vida es Cristo:
“Mi lucha ha tenido un sentido: Cristo crucificado. Sí, creo que he podido sufrir por las diversas pruebas que Dios ha permitido en mi vida. No niego esto. Pero he visto otros muchos hombres sufrir sin ningún sentido, y creo que es lo peor que puede suceder a un hombre. Con la ayuda de Dios y por gracia suya, yo he podido dar un sentido a mis luchas. Y, por esto, siempre me he considerado agraciado, verdaderamente afortunado y he procurado, en la medida de mis limitaciones, ayudar a esos hombres que sufren sin saber por qué, dándoles una razón para vivir y sufrir”.
El juego social parapetaba el discurso: al estar comprometidos con la Legión los principales capitales de México, una manera rápida de entrar a ese mundo era a través de su venia: la adhesión incondicional hacia la Orden ofrecía acceso, por recomendaciones y en “grupos de oración” selectos, a las familias más poderosas del país. Quien no estaba por convicción o por interés lo hacía por miedo: enfrentarse a los Legionarios implicaba, hasta hace muy poco, el ostracismo en un país donde la seguridad financiera pasa más por los contactos que por el talento. Eso explica la feroz aunque irracional defensa —y la renuencia con que la Legión ha tomado la revelación de su engaño—de quienes hacen de la Orden y de Maciel su modo de vida, como se ve en estas líneas firmadas por Lucrecia Rego de Planas, directora de catholic.net, sitio regenteado por la Legión:
“Ayer, 4 de febrero, sin que nadie se lo esperara, apareció de repente, como salida de la nada, una hija del P. Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo. Fue la gran noticia a ocho columnas que recorrió las rotativas del mundo entero (...) no puedo negar que eso me ha hecho sentirme un poco celosa, pues... yo no saldré publicada en todos los diarios (tal vez en ninguno) y ¡también soy hija del P. Maciel! No llevo su sangre en mis venas (por eso no soy noticia), pero gran parte de lo que soy (casi todo) se lo debo a él. Sí, el P. Maciel es mi padre (Nuestro Padre, como cariñosamente le llamamos los miembros del Regnum Christi) (...) mi cerebro está lleno de los pensamientos que él me enseñó; mis palabras están contagiadas de las palabras que desde niña leí en sus cartas, al grado que a veces confundo las suyas con las mías; mi espiritualidad es la espiritualidad que él me enseñó a desarrollar; mi vida de oración es tal como él me enseñó a orar; mi corazón siente tal como él me enseñó a sentir, siempre poniendo a los demás antes que a mí (...) Soy, sin lugar a dudas, una auténtica hija del P. Maciel”.
El Beso de Judas¿Quiénes hicieron posible la doble vida de Marcial Maciel, su florecimiento y su longeva impunidad? Sin duda la Iglesia, en particular la de Juan Pablo II que, conociendo los pecados de Maciel, los dejaba pasar en aras de las cuantiosas aportaciones, en efectivo y en almas, que la orden le hacía en tiempos cuando las devociones y vocaciones caían. También está la Legión misma, eficiente estructura que, a pesar del tibio mea culpa, aún se aferra a los vicios y cánones propios del fundador. Pero igual son culpables quienes prefirieron callar el deficiente nivel académico de sus escuelas con miras a frecuentar a las familias ilustres inscritas en sus aulas; los líderes sociales que hicieron propia la superioridad moral de una orden que los aglutinó en la arrogancia de sentirse elegidos; las autoridades que aceptaron protegerlos o solaparlos para evitar enfrentamientos con sus protectores; los que vendieron su pluma, palabra y convicciones a cambio de reconocimiento o de dinero; los empresarios que usaron su músculo para favorecer a la Legión con miras a aquietar la conciencia; los que cerraron los ojos ante las agresivas prácticas de reclutamiento y de control que, hasta la fecha, rayan en el abuso psicológico. Porque, sí, Maciel era un fraude, un estafador, uno que dejó muchas víctimas a su paso. Pero tuvo cómplices. Muchos cómplices.
Haciendo este alto en mi vida, para contemplarla desde Dios, no puedo dejar de dar gracias a Dios porque Él ha querido servirse de mí como instrumento para colaborar en su plan de redención de los hombres a través de la Legión y del Regnum Christi. Mi vida es Cristo—Marcial Maciel
Publicado originalmente por Milenio, de México.

Notas:

Ver el artículo de Elio Masferrer en El Universal.

Aclaración de Vox Fidei

Vox Fidei no está necesariamente de acuerdo con todo lo expresado en la nota precedente, sea en letra o forma. Lo publicamos como evidencia del daño grandísimo que le hacen a la Iglesia Católica aquellos que viven prominentemente en su seno y son incapaces de adherir a los altos ideales de conducta a los que Cristo nos ha llamado. Las revelaciones sobre la conducta de Marcial Maciel van más allá de la anécdota; son la confirmación de una trayectoria de vida en la que el engaño y la duplicidad son una constante innegable.
Comentario del Editor
Para quienes conocemos bien el modus operandi de las sectas, no es sorprendente leer las palabras de la Sra. Rego de Planas citadas en este artículo. Desde el Stalinismo hasta los Testigos de Jehová, los elementos comunes al comportamiento sectario se repiten casi sin cambios: lealtad incuestionable al líder, doctrina ajustable a los pensamientos del líder, culto de la personalidad (retratos, proverbios del líder, endiosamiento, incuestionabilidad, etc.) y especialmente la pérdida de la libertad de examinar ideas por propios medios: "a veces confundo las suyas con las mías" confiesa cándidamente Doña Rego de Planas, a quien tuve hace años la mala experiencia de conocer epistolarmente.

A quienes objeten que LC/RC es una corriente católica y no una secta les digo que conozco excelentes personas que militan en Regnum Christi y al menos a un sacerdote ejemplar de la Legión de Cristo. Eso no quita que Marcial Maciel Degollado cediera a la tentación de fundar "su" movimiento sobre "sus" propias fuerzas y no sobre Cristo. Todo lo bueno que hubo y hay en LC/RC es lo bueno que es común a la vida en Cristo. Todo lo malo (el mesianismo, la exageración, la idolatría por un hombre torcido como todos) es lo que Marcial Maciel Degollado fundó sobre la arena de sus propias ilusiones, lejos de la Roca que es Cristo. No es el primero, ni será el último afectado por ese mal.

No me sorprende que en estos días se publicara en conocereisdeverdad.org la carta completa de Rego de Planas. Es bien conocida la homosexualidad militante del director de ese pasquinucho electrónico que promueve el "perdonismo" una doctrina herética que consiste en entregarlo todo a la supuesta misericordia absoluta de Dios, sin hacer el más mínimo esfuerzo por reducir las tendencias de la carne a la voluntad del Espíritu (¿para qué? total, Dios "es bueno...") Es obvio que un personaje de esa catadura halla en el caso Maciel un excelente campo de autojustificación. Yendo un poquito más allá, el escrito de marras fue re-publicado en el blog de cierto personaje dominicano, dado a los exabruptos antisemitas y... vaya casualidad! la serie de foros que dirige Doña Rego de Planas se caracteriza por agrupar entre sus moderadores y usuarios a varios ejemplares del antisemitismo pseudo-católico. Como decíamos en mis tiempos: Dios los cría y el viento los amontona.

Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos delante de mí—Palabras de Cristo, en Lucas 19, 27.


"Nemo incredulus nisi impurus." San Agustín de Hipona, Santo y Doctor de la Iglesia.

14 de febrero de 2009

Salvar lo que Pueda Ser Salvado

Marcial Maciel DegolladoGeorge Weigel

Durante el mes de mayo de 2006, la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) hizo pública su decisión de "invitar" al P. Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo y del movimiento laico Regnum Christi, a una "vida de reserva, penitencia y oración, renunciando a cualquier forma de ministerio público." La decisión de la CDF fue aprobada por S.S. Benedicto XVI. Desde esa fecha en adelante, antes y después de la muerte del P. Maciel en 2008, miebros de la curia superior de la Santa Sede han insistido que dicha acción intentaba "salvar a la Legión y Regnum Christi," según cierto oficial de la curia me lo manifestó.
Asumiendo, con la mejor voluntad, que esta es aún la intención de la Santa Sede, se debe actuar sin demora para ocuparse de este tren fuera de control que se dirige aceleradamente hacia el abismo, pues eso es en lo que la Legión y el Regnum Christi se han convertido en los últimos diez días (segunda semana de Febrero de 2009) desde que reportes fidedignos han aparecido en la blogosfera indicando que el P. Maciel ha vivido una vida de escándalo sexual y financiero, probablemente por décadas.
Los reportes han emanado de aquellos que han sido informados de la investigación sobre Maciel que la misma Legión ha hecho, sin embargo, no hay todavía una declaración formal de parte de los directivos de la Legión que indique lo que esas investigaciones han descubierto. No ha habido una revelación completa de lo que se sabe de los actos corrupctos del P. Maciel. No se ha revelado la naturaleza de dichos actos ni la extensión de la red de engaños que él tejió dentro de la Legión de Cristo y aún más allá. No ha habido un reconocimiento público de lo que aquellos sacerdotes de la Legión que son fieles, ortodoxos y moralmente rectos, creen que han sido graves corrupciones de la cultura institucional de su comunidad.
La carta del P. Alvaro Corcuera a los fieles de Regnum Christi, distribuída la semana pasada y disponible inmediatamente en el internet, resultó inadecuada al no nombrar esos pecados por lo que son. Los comunicados públicos de los portavoces de la Legión en Roma y en los Estados Unidos han sido igualmente inadecuados, en buena parte debido a las faltas de los directores de la Legión y a la postura inherentemente defensiva de la institución.
Dos sacerdotes valientes de la Legión, el P. Thomas Berg y el P. Richard Gill, han hecho públicas declaraciones personales que enfrentan los hechos tal como los hemos llegado a conocer hasta el momento, sin temor a lo que esto implica con respeto a cualquier juicio que se pueda hacer sobre el P. Maciel. Otro sacerdote de la Legión, el P. Thomas Williams, ha enfrentado con entereza la verdad de estas iniquidades en EWTN (Red de la Palabra Eterna) este pasado Viernes 6 de Febero por la noche. Los padres Berg, Gill, y Williams reconocieron admirablemente sus propias falencias, que les impidieron detectar los engaños del P. Maciel. Sus palabras reconfirman lo que los amigos de los sacerdotes legionarios han sabido siempre—que hay mucho de bueno entre los miembros fieles de Regnum Christi.
El asunto ahora es: ¿cómo salvaremos lo bueno?
Lo bueno puede ser salvado solamente si hay una apertura completa y pública que revele las perfidias del P. Maciel y si se examina la extensión de toda posible complicidad dentro de la Legión de Cristo. Tal examen debe ser combinado con un análisis despiadadamente franco de la cultura institucional en la cual estas prácticas se desarrollaron. Solamente después de haber hecho esa clase de auditoría moral e institucional, y habiéndose visto públicamente la limpieza de dicha auditoría, la Legión de Cristo y el resto de la Iglesia en general podrán enfrentar los interrogantes que plantea el futuro de la Legión—que son, sinceramente, preguntas evidentes:
—¿Se puede separar el bien que ha resultado de la Legión y de Regnum Christi de la persona y el legado del P. Maciel?
—¿Se puede reformar a la Legión desde adentro, luego que los cómplices en la red de engaños del P. Maciel hayan sido expulsados?
—¿Será necesario disolver la Legión, con excepción posiblemente de un grupo de intachables legionarios, que formen una congregación religiosa dedicada a los ideales que el P. Maciel ha manchado con sus pecados y la cultura institucional del grupo tan manifiestamente herida?
Ninguna de estas preguntas puede ser respondida, ni en reflexión ni en oración, sin que haya primero una auditoría amplia y completa.
Las fallas y deslices de los últimos diez días han dejado bien claro que tal auditoría no puede ser conducida por la dirección ejecutiva de la Legión, que muy posiblemente se encuentra en el centro de un remolino de presiones internas y externas. Esto debe ser ordenado por el Papa y debe ser conducido por alguien que responda al Papa y solamente al Papa—alguien que no responda a la burocracia vaticana, ni al Cardenal Secretario de estado, sino por alguien que responda solamente al Papa. Simplemente, no hay otro camino a mano que sea al mismo tiempo escrupulosamente honesto y públicamente creíble.
Tomando un ejemplo de la jusrisprudencia comercial, la Legión de Cristo debe ser puesta inmediatamente bajo intervención. Un delegado personal, asignado por el Papa, debe ser autorizado a tomar control de la Legión de Cristo y a conducir la auditoría moral e institucional necesaria. El delegado papal debe reportar sus hallazgos, temporarios y permanentes al Papa y solamente al Papa, con instrucciones de hacer disponibles sus recomendaciones (repito, solamente al Papa) evaluando las posibilidades futuras de la Legión, incluídas su disolución o su disolucióny reconstitución.
¿Por qué no hacer este trabajo por medio de los procesos normales de la curia, quizás una visita apostólica a la Legión ordenada por el Papa, procediendo a través de Congregación para los Institutos de la Vida Consagrada (comúnmente llamada Congregación para los Religiosos)? Porque, según nos informan fuentes confiables, dichas autoridades de la curia han resistido esa solución en los años anteriores a la decisión que la CDF tomó en el 2006, y la Congregación para la Vida Consagrada la ha estado resistiendo desde que explotó el último escándalo sobre Maciel.
Esa resistencia no cabe a la conducta de ningún oficial de la curia que tenga que desempeñarse como supervisor en una auditoría moral e institucional que sea, en última instancia, creíble. Agreguemos que las últimas semanas de caos, confusión e incompetencia en la curia, que resultaron luego de que se levantaran las excomunicaciones de los cuatro obispos lefevristas, han dejado en claro la disfuncionalidad de la curia en lo que toca al análisis y la gerencia de situaciones críticas. Una curia en la que ninguno de los dirigentes ha tenido el simple sentido común de buscar los antecedentes de Richard Williamson en Google, en la que ningún subordinado ha tenido la capacidad o el temple de llamar la atención de sus superiores a ese peligro latente, no es una curia capaz de llegar a las raíces del escándalo creado por la traición de Maciel. Tampoco son capaces, francamente hablando, de conducir una investigación que le resulte creíble al público en general. Esto es lamentable que esto sea así, porque hay muchas personas buenas y honorables trabajando en la curia romana. Sin embargo, esa es la situación.
¿Qué calificaciones debería tener el hombre a quien el Papa confíe el gobierno de la Legión como delegado papal para llegar al fondo de la crisis en la Legión? Debiera ser un sacerdote, un religioso dedicado que conozca bien la dinámica de la vida religiosa, lo bueno y lo malo. Debiera ser un hombre de reconocida probidad. Debiera tener, quizás no tan obviamente, experiencia en lidiar con escándalos sexuales y financieros en forma directa, valiente y efectiva. Idealmente, debiera ser alguien que ya tiene experiencia en reformar una institución religiosa, seminario, o comunidad que haya sufrido una caída de sus ideales originarios. Debiera ser alguien que entienda perfectamente el español, pues el papeleo que debe investigar estará mayormente en ese idioma. Además deberá conocer bien el italiano y el inglés para poder investigar y conducir entrevistas en los principales idiomas de la legión. Debe ser competente en la ley canóniga y debe conocer buenos abogados canónigos.
Existen hombres con estas cualificaciones. Uno de ellos debe ser asignado a esta tarea difícil y onerosa, pero esencial—pronto—si es que lo bueno que existe entre los fieles legionarios y miembros de Regnum Christi va a encontrar una salida hacia el futuro, lo cual le conviene a toda la Iglesia Católica.

George Weigel es miembro académico del Instituto de Etica y Centro de Ciencias Políticas de Washington, Decano de la Cátedra William E. Simon para Estudios Católicos.

Originalmente publicado en First Things. Derechos Reservados.
Traducido por Carlos Caso-Rosendi

2 de febrero de 2009

Ricardo Sáenz-Hayes

Fernando Iwasaki

No creo estar cometiendo ninguna arbitrariedad cuando afirmo que el escritor Ricardo Sáenz Hayes (1888-1976) es desconocido en España, aunque siempre me quedará la duda de haberlo sido si aventuro que está olvidado en Argentina. ¿Cuándo un escritor se convierte en olvidado? Para mí hay una evidencia irrefutable: cuando su biblioteca se salda a cuentagotas, como una agonía lenta e irremediable.

Entre 2004 y 2007, un portal argentino de obras de arte y antigüedades remató (y aquí el verbo «rematar» es otra denigración) la biblioteca de Ricardo Sáenz Hayes, donde había verdaderas joyas como los dos primeros libros de Borges dedicados por el autor. En realidad, Borges nunca fue demasiado afectuoso en sus dedicatorias, y así en la hoja de respeto de Inquisiciones (1925) anotó: «A Ricardo Saénz Hayes / Homenaje de Jorge Luis Borges», mientras que en El tamaño de mi esperanza (1926) garrapateó parcamente: «A Ricardo Sáenz Hayes, con agradecida amistad». Uno sospecha que Saénz Hayes estaba olvidado en su país porque aquellas rarísimas ediciones dedicadas estuvieron en venta durante años y la verdad es que www.bullrichgaonawernicke.com las remató por cuatro perras.

¿Sería Borges buen amigo de Ricardo Saénz Hayes? Las reseñas de Borges tampoco eran para reventar cohetes, pues en la revista Síntesis (número 2, Buenos Aires, 1927) publicó una crítica del ensayo Los amigos dilectos (1927) de Sáenz Hayes, donde no decía ni fu ni fa. A saber, «En mayor grado que muchas de las sedicentes novelas, ésta de Ricardo Hayes es libro novelístico», o bien «El tono es de pudor. Algún rato, cuando habla de una gran amistad, he creído derramada en su voz la nostalgia de ella», para terminar rematando al palo: «El libro está compuesto con limpidez. Su español -pulcramente internacional-no está fechado en región alguna, si bien el uso de los pronombres analíticos le dan atmósfera de Castilla». En cualquier caso, quiero creer que Borges no malquería a Ricardo Saénz Hayes, porque le regaló el ejemplar número 12 de El tamaño de mi esperanza, que sólo tuvo una tirada numerada y encima destruida de 500 ejemplares. Por lo tanto, si el primer libro fue para su madre, el segundo para su hermana Norah, el tercero para la mamá Fanny, el cuarto para Concepción Guerrero, el quinto para Victoria Ocampo, el sexto para Estela Canto, el séptimo para María Esther Vásquez, el octavo para Norah Lange, el noveno para Elsa Astete, el décimo para su maestro Cansinos y el undécimo para Bioy Casares, es obvio que Sáenz Hayes tuvo que ser uno de los mejores amigos de Borges, porque su ejemplar era el número 12.

Ricardo Sáenz Hayes era crítico de arte, editorialista de La Prensa y autor de varios cuentos y novelas, aunque su faceta más reconocida fue la de ensayista y crítico literario, donde podemos citar títulos como Almas de crepúsculo (1900), Las ideas actuales (1909), Los amigos dilectos (1927), Perfiles y caracteres (1927), Antiguos y modernos (1929), la biografía Miguel de Montaigne (1939), De la amistad en la vida y en los libros (1944), los diarios Entre dudas y esperanzas (1954) y la edición académica de sus críticas Ensayos y semblanzas (1970). Uno de sus libros más desconocidos es España. Meditaciones y andanzas (1927), escrito durante sus años de residencia en París y bajo el influjo intelectual de Ortega. No obstante, a diferencia de Ortega, a Ricardo Sáenz Hayes le encantó Andalucía y especialmente Sevilla.

Lector de los clásicos, Sáenz Hayes quiso ver destellos homéricos en Sevilla y así la definió como la Tierra de los Lotófagos: «Yo no sé si los sevillanos que veo a diario en la calle de las Sierpes -la más céntrica de la ciudad y tan antigua como ilustre, pues Cervantes la menciona en alguna de sus Novelas ejemplares- yo no sé si se nutren con la flor de loto; pero sus personas trasuntan una inefable serenidad. Unos van con paso mesurado -a nadie he visto ir de prisa- y si alguien tuviera la peregrina ocurrencia de echar a correr, de fino que se le tomaría por loco; otros están parados en grupos y los más llenan los cafés y los clubs sociales o taurinos, arrellanados en cómodos asientos, fumando puros y mirando hacia la calle. Predominan los chambergos cordobeses, de alta copa y amplias alas duras, y, de rato en rato, vése pasar alguno vestido de «corto». Sólo si nos fuera dable inmiscuirnos en la conversación de esta buena gente, conoceríamos a fondo su psicología y sabríamos hasta qué punto la tierra de María Santísima es la tierra de los lotófagos».

Como la mayoría de viajeros latinoamericanos, Sáenz Hayes sucumbió al hechizo moruno de Sevilla, porque a diferencia de ingleses y franceses, para un hispanoamericano los árabes siempre serán más exóticos que los gitanos: «Me ha impresionado hondamente, desde el primer momento, la semejanza grande que hay entre Sevilla y algunas ciudades sicilianas, como Palermo, por vía de ejemplo. No se trata tan sólo de la hermandad de la luz y de los cielos altos y azules que caracterizan a las tierras del mediodía; tienen la misma atmósfera de augusta vejez y una misma fisonomía que denuncia con rasgos inconfundibles la comunidad de origen. Aludo, desde luego, a la poderosa influencia árabe, influencia que satura el espíritu y la sangre, y que no se extingue, por grande que sea el impulso renovador y destructor del tiempo».

Sáenz Hayes estaba persuadido de que Sevilla -sobre todo la Sevilla cristiana- era inequívocamente mora y musulmana: «Los primeros reyes cristianos de Sevilla vivían como sultanes; tenían un harén; entregábanse a los placeres como príncipes orientales y edificaban palacios moriscos. La sombra de Pedro el Cruel ronda por las salas del Alcázar, y en los atardeceres, la favorita doña María Padilla alienta en los jardines amorosos. En ninguna parte vibra el espíritu cristiano por más que abunden las cruces añosas. La atmósfera que se respira es de alegría y sensualismo ... No quiere decir esto que en Andalucía no exista el fervor religioso, pues por algo se le llama tierra de María Santísima. Pero si la oración está en los labios, el moro está en la sangre...».

Ricardo Sáenz Hayes no se conmovió con las grandes fiestas sevillanas, pues la Semana Santa se le antojó «una fiesta que se lleva a término con la más extraña liturgia» y la romería del Rocío la despachó en tres palabras «semi-pagano espectáculo». Más literario que folclórico y más plástico que arquitectónico, a Sáenz Hayes le interesaron más bien las figuras de Miguel de Mañara y Don Juan, de Murillo y Valdés Leal. Eso sí, ni toros, ni flamencos, ni gitanos, ni cigarreras.

En Sevilla tuvo Sáenz Hayes una «sensación de Florencia», aunque no por las semejanzas, ya que «lo que se ve es pobre y triste y falta aquel aire de señorío, aquella suma prestancia que nos sale de todas partes al encuentro cuando entramos en Florencia». Sin embargo, al recorrer las estrechas calles del barrio de Santa Cruz, al oír el rumor de las fuentes y al contemplar la reverberación de la luz en la cerámica de los tejados sevillanos, Sáenz Hayes concluyó: «A mí me place gustar de las cosas por lo que ellas son y no por el parecido que puedan tener con otras. Florencia y Sevilla son dos ciudades harto desemejantes, y, sin embargo, ambas seducen con su gracia y pueblan la mente de evocaciones y quimeras».

Me pregunto si Sáenz Hayes seguiría pensando lo mismo si recorriera de nuevo las calles de Florencia y Sevilla, en este nuevo siglo que ha abolido las quimeras.

Publicado originalmente en ABC de Madrid


Ricardo Sáenz Hayes y “El Jardín Interior”

Guillermo R. Gagliardi

Motivación

Hay que descubrir la hondura y delicadeza de un eximio hombre de letras argentino, Ricardo Sáenz Hayes (1888-1976). Mi primer conocimiento sobre este distinguido intelectual ocurrió a través de una información del catálogo de la Colección “Austral” de Espasa-Calpe, la prestigiosa editorial hispánica. En él, un libro, “De la amistad en la vida y en los libros”... Luego, estudié sus investigaciones y escritos sobre “Juan María Gutiérrez” y sobre “Juan Bautista Alberdi”, en la “Historia de la literatura argentina” dirigida por R. A. Arrieta (Peuser, 6 tomos, 1960). Después, “Miguel Cané y su tiempo” (Kraft, 1955). El prefacio de esta obra me introdujo, justamente, en el mensaje crítico de otro ensayista y crítico de fuste, Charles A. de Sainte-Beuve (1804-1869):

“No hay manera de profundizar una obra y de aquilatar la dimensión de sus valores, sin el minucioso conocimiento de la psicología individual de su autor”.

También me enseñó que: “La pereza mental de que padecen los panegiristas irracionales de algunos personajes históricos, los lleva a un fetichismo sin atisbos de liberación”.

“Cuán apetecible, aunque irrealizable, la tarea de equilibrar los Juicios introduciendo en ellos un adarme de relatividad en lo absoluto, y otro adarme de relatividad en lo relativo”.

“Ante el monumento y el altar me inclino a distinguir el hombre de carne y hueso, con la suma de sus virtudes y la resta de sus comprensibles y humanas deficiencias”.

Recuerda esta última confesión de raíz sainte-beuveana a la apelación del escritor florentino Giovanni Papini (1881-1956) al hombre concreto, “de dientes de lobo”, al carnívoro a veces pensante, que reclama en su “Informe sobre los hombres”, que documenta magistralmente en “L’uomo Carducci”, en “San Agustín” o “Dante vivo”.

“El autor de “Miguel Cané y su tiempo” advierte apropiadamente en su prólogo: “No por notorias y tangibles que puedan ser las afinidades recíprocas con lo que frecuento de buen grado, por cortesía no me siento obligado a perder la independencia –única fortuna de la que cuido avariciosamente- y nunca jamás a entregarme como vasallo sin rescate de honra”.(Obra y ed. cit., “Propósito”, p. 9-15).

Los libros

Espíritu humanista, independiente e intensamente original. Ocupa un sitio prominente en las Letras. Académico singular, conferencista, ensayista, periodista internacional de suma jerarquía. “Crítico creador” al estilo ilustre del autor de los “Causeries du Lundi” (“Charlas del lunes”, reunidos en varios volúmenes, 1851-1881, “Nuevos Lunes” 1863-1870 y “Primeros Lunes”, 1874-1875).

Exhibe su propio sentir a través del análisis, muchas veces iconoclasta y siempre exigente y personal, del pensamiento de los demás. (Léase “S. Beuve, crítico creador de valores”, incluido en su tomo colectáneo “Blas Pascal y otros ensayos”, 1924).

En la sustanciosa labor crítica cumplida durante largos años por S. Hayes, ilustra ejemplarmente, con prosa tersa y densa de reflexiones, los preceptos del “Arte de Leer” ( “L’art de lire”, 1912, trad. castellana, 1950) del crítico Émile Faguet (1847-1916):

“La crítica no es otra cosa que un ejercicio continuo del espíritu, por medio del cual lo hacemos apto para comprender dónde está lo falso, lo débil, lo mediocre, lo malo”.(Ob. y ed. cit., cap. VIII: “Los enemigos de la lectura”).

Su fin clarísimo, su autoeducación tan selecta y clásica, ha sido, lo anota:

”Hallar en la soledad estudiosa, equilibrio y serenidad”.

“Un refugio, una torre de autoexamen para vivir en paz conmigo mismo”.

“Lo que percibo con más nitidez es mi paisaje interior”.

Evidente, la torre del perigordano simboliza, resume, la clave de su vida intelectual, la explica y justifica: “La única puerta de salvación está en el Humanismo que clarifica y ensancha la mente”. “Don de Soledad, conquista de Libertad”, aspira el yo de don Ricardo, identificándose con la elevación de alma de Sócrates y Agustín de Hipona, Pascal y Montaigne, Maquiavelo y Gracián, Kant y Schopenhauer, Gide y Flaubert, Groussac y Alberdi... El hombre más libre es el que mayor número de ídolos engañosos logra alejar de su espíritu. Es el que consagra a la Conciencia y al Conocerse a sí mismo como el Centro de toda verdad.

Mi ya un poco extenso amor a los libros, viejos y nuevos. Mi deslumbramiento persistente ante la sola visión de una biblioteca bien nutrida, me ha acercado a la obra de nuestro escritor, y ha acentuado mi bibliofilia, y aun mi bibliomanía. Léase su “De la amistad...”,2° ed., 1944.

El académico Carmelo M. Bonet en sus “Apuntaciones sobre el arte de escribir” (cito por la 3° ed., 1945) nos señala: “Los grandes libros nos mejoran: llenan de luz nuestros diminutos aposentos espirituales. La naturaleza de las lecturas influye sobre la calidad del estilo”. Comprendía Sáenz Hayes esta pasión, desde lo más raigal de su personalidad, por ello nota: “¡Qué agradable, halagadora y suave es la compañía de nuestros libros!. Ninguna otra en lo espiritual, es más reconfortante; silenciosa, sí, pero invariable, espléndida. La soledad se fecunda con los libros; las horas pasan armoniosas y profundas”. ”¿Qué es una biblioteca sino un mundo a través del cual la mente ambiciosa se pasea?”(de su libro referido “De la amistad...”, p. 157).

Pasión por Montaigne

Sus diarios, tan serenos y tan apasionados también, por su conocimiento literario y filosófico universal y su dedicación plena a la meditación y la crítica, consuenan con sus continuas lecturas y estudio del filósofo renacentista Michel de Montaigne (1533-1592), a quien ha dedicado su obra más sólida.

La primera edición es de 1938, impresa en Toulouse (Francia) por la prestigiosa Espasa de Madrid, luego reeditada, ampliada por Kraft en edición muy cuidada y espléndida (1946).

Lee al autor de los “Ensayos” desde su veinte años (aprox. 1913) y lo cita o transcribe en muchos de sus escritos. Sincero, autobiográfico, serio, nos lo cuenta en “Cada día con su afán”, en el que recorre sus días y lecturas desde 1920 a 1945, continuado en su “Entre dudas y esperanzas” que recoge sus experiencias hasta 1950: animados con diálogos sugerentes, breves reflexiones, agudos retratos, pungentes observaciones humanas o históricas, preciosos “medallones” literarios, interpretaciones psicológicas: “Lo que me interesa es el hombre que hay en Montaigne. Un hombre de carne y hueso es el mío. “Me veo y siento en Montaigne. Me reconozco en él. Sus dudas son las mías”. “Por eso cuando hablo de él, hablo de mí”.(Ob. cit., p. 157-158).

Siempre refiérese amorosamente al escritor galo cuando habla de Shakespeare, Bacon, Cané, Pascal, Maquiavelo..., pues considera sabiamente que: “El culto de los muertos ilustres es una manifestación, la más digna , la más pura, de la justicia humana”. La vida tiene un valor docente inestimable, mas ello no quiere decir que todo puede aprenderse empíricamente. En las bibliotecas hay un mundo infinito y mudable y a ellas hay que ir a buscar lo que no se aprende en el comercio de los hombres”.(De su “De Stendhal a Gourmont”, BABEL, 1923, p. 194-195 y 205).

Aprende en Montaigne (“mi libertador moral”, “mi escudo y mi armadura”), aprendemos nosotros, que la Libertad es Conquista, redescubrimiento y magisterio interior. Y que el hombre más libre es el que mayor número de ídolos engañosos logra destruir y alejar del espíritu.

Otros libros, otras lecturas.

En su juventud ansió ser novelista: “El Apóstol” (1910), “novelón naturalista y socialista”, “El viaje de Anacarsis”, cuentos, “Almas de crepúsculo” (con prólogo de Manuel Ugarte, Garnier, Paris, 1909). Alma ecuménica, individualista irreductible, escéptico, soledoso en su vida particular. “Soy americano por el nacimiento, español por la lengua, inglés por mi apellido materno, francés por Montaigne, europeo por la cultura, internacional por la curiosidad que me inspiran todos los pueblos”. Viajero incansable, reposado, atento. Relativista e introvertido. Gustaba de la lectura serena, intensa y hogareña, “en las plácidas horas que discurren en la propia casa, grande o pequeña, pero llena de ventura, y sin apremios a la luz de la lámpara familiar y en rededor de la lumbre crepitante y amorosa”.

Aprendió, no sin esfuerzos y reflexiones continuas, que “la realidad percibida no es la realidad total”, y que la Historia de la Humanidad: “es una serie indefinida de avances y retrocesos de la libertad, de avances y retrocesos de la opresión organizada, de avances y retrocesos de la dignidad humana”. En 1947 escribe un libro “con calor y dolor”: “Reminiscencias. Pláticas con Anita” (editado por Kraft), su esposa, Ana Lamarque Jáuregui, muerta en San Sebastián en 1945. Ella lo sostuvo y fue su inspiradora en horas de dudas quemantes y otras vacilaciones existenciales. Evocaciones familiares, recuerdos sentidos, en armonía con temas de valor eterno, los libros, la vida y la muerte, el destino, la amistada apreciada, la emoción religiosa.

Se define como “hombre de paisaje interior”. Un intelectual de vida recatada y alma apasionada, “hombre de libros”. “El cielo, la tierra y el mar los llevo dentro de mí”.

Este libro clave en su vida, junto el dedicado a Montaigne, nos cautiva, por la hondura del sentimiento y de la meditación.

Y nos ofrece su concepto montaigneano del ser humano: “somos imperfectos, inconstantes y ligeros. Lo único que terminamos bien y a tiempo es la vida”.

Y enuncia su propósito vital: “Hacerle frente a la Muerte con un soliloquio que busca el modo de volver a vivir las horas que Anita embelleció”.

Escribe significativamente en el segundo tomo de su Diario: “Soy pesimista por naturaleza. ¿Se puede ser otra cosa en un mundo absurdo por donde se lo mire?. Avidez, mala fe, discordia, en todo tiempo y lugar...”.

“Tengo abuelos –continúa, confesional y deliciosamente en su narración autobiográfíca- que amaron la sombra de la misma casa donde nacieron y fenecieron. El recato de la existencia sin desmesurada ostentación y el espíritu llano y exento de ambiciones sinuosas, fue en ellos atributo preclaro”.

Miles de artículos periodísticos, charlas y discursos integran su obra literaria. Algunos, agavillados en volúmenes, hoy inhallables, todos valiosos y recuperables, además de los ya mencionados: “Las ideas actuales” (Sempere, Valencia, 1910), “El arte argentino” (1913), “Elogio de Alberdi” (1918), “La fuerza injusta” (1918), “De Stendhal a Gourmont” (BABEL, 1923), “Blas Pascal y otros ensayos” (J. Samet, 1924), “La polémica de Alberdi con Sarmiento y otros ensayos” (Gleizer, 1926), “España. Meditaciones y andanzas” (Gleizer, 1927), “Los amigos dilectos” (ídem), “Perfiles y caracteres”, “Antiguos y modernos”, “Ramón J. Cárcano en las letras, el gobierno y la diplomacia” (Academia Arg. de Letras, 1960),“Ensayos y semblanzas” (Academia Argentina de Letras, 1970).

Esfuérzate por elevarte desde el Espíritu configura el mensaje final de Ricardo Sáenz Hayes. Maestro de la Lengua y el pensamiento argentino, para él, llevar el alma limpia de falsas pasiones es la llave que ha de iluminar nuestro “paisaje interior”. Todo ello moral y literatura, psicología y política, lo aprendí, frecuentando con asombro primero, y amor siempre, a Sáenz Hayes y su calificada literatura.

Referencias
Ricardo Sáenz Hayes (1888 – 1976) Periodista, crítico y escritor. Representante del diario La Prensa en Europa, con asiento en Londres y Paris durante la década del '20 del siglo pasado. Miembro del primer Concejo Deliberante, oficial de la Legión de Honor de Francia, miembro del Pen Club y de distintas organizaciones culturales, ocupó el sillón de Juan B. Alberdi en la Academia Argentina de Letras. Autor de numerosos libros, colaboró con los diarios La Prensa, La Vanguardia, El Tiempo y la revista Nosotros.