12 de febrero de 2010

La sopa primigenia

David Warrren

Esta semana, en el mundo de la ciencia, hubo uno de esos momentos que nos hacen gritar "¡parar las prensas!" Lástima que los medios lo dejaron pasar sin pena ni gloria. Finalmente ¡se acabó la "sopa primigenia!" Permitidme explicar.

Allá por 1929, los darwinistas comenzaron a recobrar el terreno que habían perdido cuando se destapó la genética mendeliana a principios de siglo. Los lectores familiarizados con esa historia recordarán que los seguidores de Darwin – los luchadores fanáticos de la anti-religión que conformaban el "club de los inteligentes", los biólogos de la última parte de la era victoriana – ésos, no tenían tiempo para el Padre Gregor Mendel. Si lo mencionan para algo, es para despreciar, por considerarlos triviales, sus meticulosos experimentos de injertación, o para burlarse del hombre por ser un sacerdote católico. Mendel ni siquiera tenía un microscopio y trabajó en el anonimato, en el jardín de un monasterio. "¡Ay, qué risa!"

De hecho Mendel, quien también hizo contribuciones bien significativas e la física y la meteorología, tuvo que dejar la ciencia, después de sus impresionantes descubrimientos genéticos, para dedicarse por el resto de su vida a luchar contra los recaudadores del Imperio Austro-Húngaro que amenazaban con eliminar los monasterios como el que él habitaba en Brno. No fue sino hasta los albores del siglo XX que sus ideas fueron exhumadas, probadas y declaradas brillantemente ciertas y revolucionarias. Las ideas de Mendel eclipsaron al antiguo darwinismo porque la "selección natural" no podía predecir nada, ni tampoco dar un solo resultado que pudiera ser replicado.

Les tomó tres décadas a los ateos darwinianos para recuperarse de ese golpe. Y se recuperaron presentando el concepto de la "síntesis evolucionaria moderna" – o sea, las ideas de Mendel vueltas a etiquetar con el nombre de "neo-darwinismo."

Esta es la única pata sobre la que se apoya la mesa del neo-darwinismo: ciencia genuina birlada de su legítimo dueño. La otra pata ha sido lo que en términos populares se denominaba "la sopa primigenia". J.B.S. Haldane la propuso en 1929: que todo el proceso evolucionario fue puesto en marcha por la radiación ultravioleta, que proveyó la energía necesaria para que el metano, amoníaco y agua se transformaran en los primeros compuestos orgánicos.

Este bulo era desesperadamente necesario para cubrir el escándalo de los orígenes.

Darwin tituló su famosa obra El Origen de las Especies sin que en realidad se explicara tal cosa. Solo contó algunos cuentos sobre cómo una clase de criatura previa pudo evolucionar en otra cuando el medio ambiental la presionó para sobrevivir. Casi nadie disputa el "ancestro común" pero muchos se han preguntado: ¿Qué clase de "accidente" produjo esa primera criatura, la primera de todas?

La clase de accidentes ambientales de los que depende el darwinista para su salvación funcionan muy bien si se dispone de un tiempo infinito. Pero... la primera vez que supuestamente se sirvió la "sopa primigenia" el Universo no era lo suficientemente viejo – nada remotamente comparable a un tiempo infinito – para que un proceso casual y sin propósito resultara en el sistema biológico que nos rodea.

La alternativa, por supuesto, es que el Universo fue "programado" de alguna manera y finalmente, que la vida humana era implícitamente esperada desde el principio en el "Big Bang". A eso se lo denomina "el principio antrópico"en cosmología y se ciñe a todos los hechos observables en la naturaleza. Sin embargo, es resistido por los ateos, porque sugiere con fuerza la creación por Dios, y se describe claramente en el libro de Isaías. (Ver Isaías 45,18 para empezar.)

En una serie de risueños experimentos en las décadas de 1960-1970, los biólogos darwinianos presentaron varias recetas de su sopa hipotética y las expusieron a diferentes formas de energía, de una manera o de otra, sin obtener ningún resultado. Frankenstein no pudo salir del charco.

Este sinsentido de la "sopa" se sigue presentando en los libros de texto como si fuera verdad. Sin embargo en un documento importante en la publicación BioEssays de esta semana, William Martin y otros, del Institute of Botany III(Instituto de Botánica III) de Düsseldorf, arrojaron al basurero de la historia la última gota de la famosa "sopa" por medio de presentar en forma sumaria, no solamente por qué no funcionó, sino también por qué no puede funcionar, ni en el laboratorio ni bajo ninguna otra circunstancia.

En cambio, siguiendo los pasos del geoquímico Michael J. Russell, dedujeron que las primeras células simples se originaron en las chimeneas geotérmicas del fondo de los océanos, en donde la energía así concentrada puede trabajar sobre una rica variedad de minerales. El lector tendrá que ir a las fuentes para leer sobre esta nueva hipótesis de cómo se puso en marcha la vida terrestre.

Y ¡buena suerte! Le deseo lo mejor a esta nueva-nueva hipótesis, aunque más no sea porque me ha parecido por un largo tiempo que – observando la forma en la que trabaja la naturaleza – los orígenes biológicos de la vida serán hallados más bien en el interior de la tierra y no en su superficie. Es más probable que Dios haya obrado así: como si fuera desde una especie de seno materno.

Pero, como quiera que sea, démosle una cálida despedida a la "sopa primigenia". Fue la última y la más flaquita de las astillas que aguantaban el ateísmo darwiniano. Se acabó y no tenemos que tomar más de esa sopa.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.