Carlos Caso-Rosendi
Como resultado de mi presentación reciente de una traducción al español de la visión de George Washington en Valley Forge, he recibido el amigable comentario de muchos lectores y amigos que están en desacuerdo con lo que ellos consideran un eco de la doctrina del Destino Manifiesto en las palabras de la presunta visión.
Primeramente quisiera aclarar que no soy un promotor de visiones o experiencias espirituales y que no tengo certeza alguna de que esa visión de Washington haya sucedido. Lo que presento es una serie de hechos que, concatenados, parecen sugerir que la visión efectivamente ocurrió. Aliando esos detalles con ciertas coincidencias en la vida del general americano uno podría sospechar que Washington fue un converso secreto a la fe católica, tal como opinan algunos biografistas que han estudiado su vida. Baste este resumen para entrar en tema sin repetir lo que ya presenté en el artículo anterior.
Ya han pasado los tiempos en que John O'Sullivan podía escribir en el Democratic Review que los Estados Unidos poseen el derecho natural—y evidente de por sí—de expandir su territorio desde el Atlántico al Pacífico y de mantener la hegemonía política del entero continente con exclusión de las ya agotadas potencias europeas. La Doctrina Monroe, resumida en la famosa frase "América para los americanos" y la creencia en el destino manifiesto de los Estados Unidos de América van de la mano y han sido invocadas ambas tanto como para intervenir como para no intervenir en los asuntos de otras naciones del continente.
Luis María Drago, el canciller argentino que dió al mundo la doctrina opuesta a la doctrina Monroe, resumió también su creencia en una frase corta: "América para el mundo" lo cual le valió, muy predeciblemente, la aprobación de las entonces potencias europeas que lo consideraron un tipo muy razonable.
Lo cierto es que ahora podemos ver con bastante claridad que Monroe y Drago estaban muy lejos de estar hablando de la misma cosa. Tan lejos como Ashland, Virginia está de Santa María de los Buenos Aires.
La doctrina Monroe es una posición de política exterior tomada quizás por necesidad después de las aventuras de Maximiliano en México y algunos otros episodios menores más o menos por el estilo. La generosa frase de Drago es quizás menos práctica pero no por eso desdeñable. Drago encarna en su doctrina esa frase tan linda de la Constitución Argentina de 1816: "Sancionamos esta Constitución... para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino." Una hermosa frase coincidente con aquella que está escrita al pie de la Estatua de la Libertad en New York, estatua que fue un regalo de Francia y que originalmente se llamaba La Liberté éclairant le monde, La Libertad Iluminando al Mundo: "Give me your tired, your poor, your huddled masses yearning to breathe free", en nuestro idioma "Dadme vuestros cansados, vuestros pobres, vuestras oprimidas multitudes que anhelan respirar en libertad". Drago abría las puertas a los hombres de buena voluntad y Monroe le cerraba las puertas a los hombres de mala voluntad.
Cuando me eduqué en Argentina la moda era enseñarle a los niños que la doctrina Monroe era muestra evidente de la mala voluntad y el imperialismo yankee, mientras que Drago era un santo cívico, un preclaro defensor de los derechos que los pueblos del mundo tienen de venir a América, el último continente, la tierra de promisión que a nadie puede ser negada, no señor. Ese cacareo no resiste el más leve análisis histórico pero todavía se escucha porque no hay nada más expeditivo para cualquier gobernante latinoamericano que culpar al imperialismo yankee de todos los males del mundo, desde los vaivenes de la economía hasta la caspa y el acné.
Hecha entonces la aclaración ¿qué hay del destino manifiesto? Creo que un buen análisis del asunto requiere que estudiemos la historia que nos separa de los primeros tiempos de la Revolución Americana y que la ubiquemos dentro del curso del tiempo y de la evolución de las estructuras políticas del continente.
La revolución americana no es como muchos piensan algo que reventó como consecuencia de una tendencia inevitable que lleva a los pueblos del mundo a la autodeterminación política. Apenas diez años antes, en 1766 nadie en las trece prósperas colonias británicas de la costa atlántica hubiera soñado en independizarse de Gran Bretaña. En realidad los coloniales se consideraban bien afortunados de no ser súbditos de los débiles monarcas franceses o de, Dios no lo permitiera, los despóticos monarcas españoles. Napoleón era un niño en Córcega y Europa se recuperaba de una larga disputa entre Francia e Inglaterra, las dos superpotencias de ese tiempo enfrentadas en guerras coloniales que les aseguraran el control de ciertos lucrativos puertos asiáticos y otros territorios útiles a sus designios colonialistas. España y sus dominios dormían, ocasionalmente molestados por alguna escaramuza con ingleses y holandeses aquí y allá pero seguros de su enorme, inconquistable extensión que se extendía alrededor del mundo.
Una serie de estupidísimas medidas del Parlamento Británico hicieron que los colonos americanos tuvieran que considerar la independencia. Tomó un tiempo y muchos errores de la corona británica pero al final la mayoría decidió que no había remedio y se echaron a la batalla con más celo que eficiencia en el arte de la guerra. Los invencibles ingleses conocieron su Vietnam en las colonias. Fueron vencidos por una fuerza extremadamente incompetente y mal pertrechada. La combinación de excesiva confianza en la victoria y algo de desconocimiento del terreno terminaron dándole la ventaja a los coloniales que luego de procurar la ayuda de voluntarios irlandeses, franceses y polacos enviaron a las tropas de Su Majestad de vuelta a casa con las manos vacías y los traseros apaleados.
Se dice que en la rendición de Yorktown la banda británica marchó a rendir armas al son de una canción popular de la época The World Is Upside Down. La idea de ser derrotados por una fuerza irregular que ni siquiera era apoyada por el total de la población les parecía así de ridícula. Y con buena razón, los inexpertos y eternamente mal pertrechados americanos habían vencido a los mejores generales británicos sin una marina que los apoyara y con tropas tan indisciplinadas como inexpertas.
Ese es uno de los primeros signos que parecen indicar que una mano invisible estaba ya trabajando en el continente Americano formándolo para un destino al que todavía no ha arribado.
Continuará
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